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Opinión

Integración y desarrollo, a 50 años del derrocamiento de Arturo Frondizo

Por Mariano Agustín Caucino

Publicado en “Reflexiones Políticas II”, diciembre de 2012.

En este 2012 se cumplieron cincuenta años del derrocamiento del presidente Arturo Frondizi en marzo de 1962. Pero no solamente el hecho de cumplirse el redondo número de cincuenta años hace que sea interesante reflexionar al respecto. Las circunstancias en que se encuentra la Argentina hoy ameritan detenernos en aquel momento. Las banderas de la integración política y el desarrollo económico continúan siendo, cinco décadas más tarde, asignaturas pendientes en nuestro país.

Cuando el 29 de marzo de 1962 el presidente Arturo Frondizi es finalmente derrocado por las Fuerzas Armadas, se interrumpe el gobierno más modernizador de la Argentina de las últimas décadas. El anunciado golpe, anticipado en casi tres docenas de “planteos” a lo largo de cuatro años, se ha producido cuando la ceguera ideológica triunfa y desplaza del poder al hombre que cuatro años antes ha iniciado la tarea titánica de desarrollar al país. Se interrumpe así la serie de transformaciones inclusivas e integradoras que la Argentina ha experimentado desde el inicio de la aventura colectiva de crear una gran Nación. El drama de marzo del 62 clausura la etapa del postergado desarrollo que viene a completar las etapas de Independencia, la consolidación nacional (pacto de la Unión Nacional/Pavón), la construcción del Estado (Roca, 1880), de la democratización del sufragio (Saenz Peña-Yrigoyen, 1912-1916) y de la justicia social (Perón 1943-55).

Pero es oportuno, aprovechando el paso del tiempo, esbozar los aciertos y también los errores del hombre al que hoy la casi totalidad del sistema político argentino adjudica el carácter de último gran estadista.

Electo en febrero de 1958, Frondizi inaugura una política internacional novedosa, convirtiéndose en el primer presidente argentino en iniciar una gira como presidente electo por todas las capitales de países sudamericanos. En efecto, en abril de 1958, tras conseguir el rotundo triunfo electoral del 23 de febrero, Frondizi visitó a sus pares de Uruguay, Bolivia, Brasil, Chile, Perú y Paraguay. Asimismo, en enero de 1959 se convirtió en el primer presidente argentino en visitar los Estados Unidos. En 1960 recorrió casi todas las capitales europeas y en 1961 llega a Asia, siendo el primer presidente argentino en llegar al extremo oriente. Para tener una cabal idea del carácter innovador de lo que luego se dará en llamar “diplomacia presidencial”, conviene tener en cuenta algunos datos: hasta Frondizi, los presidentes argentinos prácticamente no salieron del país durante el ejercicio de la acción de gobierno. Se recuerda, por caso, las dos primeras visitas realizadas por un presidente argentino a sus pares chileno y brasileño, concretadas por el general Roca en 1899 a Errázuriz y a Campos Salles o la visita del general Justo a Brasil en los años treinta. Perón en sus nueve años como presidente sólo salió del país en dos oportunidades: para entrevistarse con Ibañez del Campo en Chile, en febrero de 1953 y con Stroessner, en 1954. Recién el antecesor de Frondizi, el general Aramburu realizó algunas visitas a pares de la región.

Pero es en materia de fomento al desarrollo industrial y energético de la Argentina el plano en el que brilló sin dudas la presidencia iniciada el 1 de mayo de 1958. Criticado por apartarse de sus ideas estatistas de "Petróleo y Política", Frondizi sin embargo no dudó en hacer el giro de 180 grados que supuso su política petrolera de concesiones al capital extranjero para alcanzar, en solo tres años, el autoabastecimiento energético. La “Batalla del Petróleo”, bien entendida, constituye la mayor puesta en marcha de una política de largo plazo que dotó al país de los recursos energéticos escasos e insuficientes para garantizar el crecimiento del país. Ya Perón, en el final de su gobierno, había advertido que sin el concurso del capital extranjero difícilmente el país podría lograr el autoabastecimiento y por ello tampoco dudó, como estadista que sin duda era, en firmar el contrato con la California en mayo de 1955. Desgraciadamente, la llamada "Revolución Libertadora" anuló dicho contrato en octubre de ese año, al igual que hará Illia en noviembre de 1963 con los acuerdos firmados por Frondizi, provocando al país un daño económico sustancial en materia de indemnizaciones y un costo aun mayor en el sentido de la oportunidad perdida y el atraso que dicha medida significó.

Invocando un falso nacionalismo -de medios, en palabras de Frondizi- y no de fines, la oposición se ató al pasado y criticó los contratos de concesiones tildándolos de entreguistas y leoninos, sin mirar el resultado de haber alcanzado el autoabastecimiento en el tiempo récord de tres años. Aun hoy, cincuenta años después, circulan entre nosotros ridículas y anacrónicas regulaciones a las importaciones de productos que ni siquiera se producen en el país y absurdas consignas perimidas que solo atrasan y postergan el desarrollo que la Argentina anhela.

Cinco décadas más tarde, existe consenso en que el golpe de estado de 1962 fue un error, quizás el más costoso -en términos de oportunidad perdida- de cuantos se produjeron en la Argentina desde 1930. Se le reconoce a Frondizi el carácter de estadista, casi como aceptación unánime de todo el arco político argentino. En primer término, cabe recordar el contexto histórico en el que Frondizi gana la elección de febrero de 1958 y la extrema debilidad de origen que pese al triunfo contundente en el comicio, le imprimen las Fuerzas Armadas. Al mismo tiempo, es imprescindible comprender el marco de enfrentamiento extremo de la sociedad argentina que caracterizó al período peronista 1945-55 y al gobierno de la Revolución Libertadora, en especial tras el desplazamiento de Lonardi en noviembre de 1955 y los trágicos episodios de los fusilamientos de junio de 1956. En segundo término, no es posible desconocer que las Fuerzas Armadas son, entre 1930 y 1982, un actor político legitimado por la sociedad argentina, de modo que el análisis del proceso político argentino no puede ignorar esa realidad que hoy nos parece incomprensible pero que en aquel momento era un dato central del curso de los acontecimientos. En el activo de la acción política desplegada por Frondizi debe contarse, sin duda, su cabal interpretación -durante el gobierno militar 1955/58- de la necesidad de integración del peronismo a la vida política argentina a partir de la aceptación como un hecho de la realidad que las reformas estructurales introducidas durante el período 1943-1955 tenían un carácter irreversible y que su negación era un error histórico de envergadura. La tarea modernizadora de la estructura económica argentina, la "Batalla del Petróleo" y el impulso a las inversiones extranjeras, son, indudablemente, el legado histórico de Frondizi y la explicación, en parte, de la década de relativa prosperidad que vivió la Argentina en los diez años posteriores a su gobierno. Sin duda, de Frondizi puede decirse, como alguna vez señaló su ministro Roberto Alemann, que a diferencia de otro presidente, “quiso, supo y solo pudo en parte”.

En materia de realizaciones, indudablemente, Frondizi maximizó el escasísimo poder político que las circunstancias le otorgaron, logrando una gran modernización del país. La relación con las Fuerzas Armadas, evidentemente, es el punto débil de su administración. Calificadas fuentes, como Camilión, han señalado que el no haber sofocado la primera sublevación de Toranzo Montero al inicio del gobierno parece signar el destino de su presidencia. Por otro lado, después de estudiar detenidamente el período y las fuentes disponibles, se advierte en Frondizi -y en Frigerio- una natural tendencia a sobrevalorar sus propias capacidades, sin duda existentes en grado sumo, pero que, a la larga, parecieron jugarle una mala pasada en el desenlace de la combinación de fuerzas existentes. Las dos decisiones cruciales que terminan de decidir el final del gobierno: el costo innecesario de recibir al Che en agosto de 1961 y el no advertir el riesgo de no impugnar al peronismo en la elección bonaerense del 18 de marzo de 1962, creyendo que se ganaba, parecen responder a esta característica de no apreciar ajustadamente las relaciones de fuerza fácticas existentes. De algún modo, Frondizi “se compra” el conflicto cubano, creyendo poder incidir en un episodio cuya trascendencia internacional escapaba indudablemente a su propia capacidad de acción e interpretando el gesto de Kennedy del 24 de diciembre de 1961 como un pedido de mediación. De nada sirvió, en este caso, el hecho de que el pensamiento, y las palabras de Frondizi fueran las correctas, en el sentido de haber terminado arrojando a Cuba a manos de los soviéticos después de expulsarla de la OEA.

Una vez más, la historia enseña que en política tener razón no es más importante que apreciar correctamente los factores de poder que deciden el curso de los acontecimientos. La elección de marzo de 1962, en la que el peronismo triunfa en la estratégica provincia de Buenos Aires, terminará de enervar el ánimo de los militares, ya indignados por la entrevista con Guevara. No haber interpretado el gesto de Perón, proponiéndose como vicegobernador, una candidatura que a todas luces perseguía su propia impugnación, o el hecho de creer que la UCRI ganaría de todos modos, es una decisión que no puede ser interpretada sin tener en cuenta la propia autovaloración por encima de cualquier otro factor.

Cabría preguntarse, por último, qué hubiera sido del país si un hombre del talento del presidente y dispuesto a rodearse de colaboradores de la capacidad de quienes integraron su gabinete, hubiera podido gobernar en tiempos de bonanza y paz institucional. Como tantas veces, el hombre y las circunstancias no tuvieron la feliz coincidencia deseable para el desarrollo del país. ¿Fue un adelantado? ¿La Argentina no estaba preparada para una política de vanguardia? ¿Fue un incomprendido? ¿O quizás, su permanente juego de desconciertos a casi todos los sectores terminó jugándole en contra? Sea cual fuere, termina, en marzo de 1962, con el gobierno de Frondizi, una experiencia de una administración con mirada de largo plazo y visión moderna del desarrollo del país.

Hoy las Fuerzas Armadas, felizmente, se encuentran sometidas constitucionalmente a los mandos civiles y han dejado de ser, desde 1982, actores legitimados del proceso político argentino, y la democracia es un bien afianzado tras tres décadas ininterrumpidas de vida institucional. Sin embargo, la estructura energética y de infraestructura social, física y jurídica del país continúa mostrando inadmisibles fallas y carencias, cuya mayor manifestación es el alarmante número de pobres e indigentes que aun hoy existen en nuestro país, después de casi una década de crecimiento macroeconómico. La vida cívica, una vez más, muestra preocupantes signos de fragmentación, repitiéndose en el seno de nuestra comunidad divisiones que creíamos felizmente superadas, y cuya responsabilidad en la pérdida de la armonía social no es exclusiva del gobierno sino de los opositores, los medios y la dirigencia en su conjunto. En definitiva, recordar hoy la derrota argentina de marzo de 1962 es advertir con preocupación una inquietud del presente. Como tantas veces, pocas cosas tienen más vigencia que la repetición de errores del pasado.

Integración y desarrollo son, aun hoy, asignaturas pendientes de la Argentina, cincuenta años después. Lejos de ser un slogan pasado, constituyen la agenda de la próxima generación.

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