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Opinión

Héroes y villanos

Por Federico Pinedo

Publicado en “Reflexiones Políticas II”, diciembre de 2012

Un grupo de países de Sudamérica cada vez más acotado, se ha entregado a la adoración casi religiosa de las formas más primitivas y menos civilizadas de convivencia social. No es difícil, si se tiene un mínimo de objetividad y buena fe, darse cuenta de que el endiosamiento del jefe, del gobernante todopoderoso, es una vuelta a los tiempos pre democráticos. La revolución democrática fue aquella en la que todos los hombres y mujeres pasaron a tener los mismos derechos, mientras los jefes absolutos o reyes, perdían su supremacía.

Es imposible no ver que los poderes ilimitados del gobernante son la contracara de la desaparición de los derechos personales de los gobernados. Esas situaciones de poderes arbitrarios de los gobernantes, nos retrotraen a épocas previas al concepto de “estado de derecho”, en el que todos los iguales se someten a la misma ley. No hay manera de no darse cuenta racionalmente de que las ideas abstractas de “derechos colectivos” o “derechos de la sociedad”, lo que buscan es generar una ruptura entre las personas individuales, que somos cada uno de nosotros, y nuestros derechos concretos, que nos pertenecen por ser humanos. Ciertos derechos son nuestros, personalmente nuestros, provienen de lo valioso, de lo digno, de lo sagrado de nuestra propia personalidad. De esta manera, los autoritarismos del populismo sudamericano terminan yéndose para atrás del concepto de los derechos humanos, peligrosamente cerca de las dictaduras totalitarias del siglo XX.

La mala noticia para esos autoritarismos retardatarios, es que el progreso existe. Para los que tenemos una visión judeo cristiana, la vida se desarrolla linealmente, del mal al bien, de la caída a la redención; para nosotros, los hombres podemos mejorar, con nuestro esfuerzo, por nosotros mismos y por aquellos a quienes amamos. Tanto el liberalismo como el marxismo son lineales y progresistas, en este sentido. Visiones más primitivas creyeron en el carácter cíclico de la historia y algunos pensadores de derecha (que gustan de esta cosa cíclica que vuelve al pasado), imaginaron que, como el capitalismo no desaparecía, la historia debía ser esférica, es decir, de aspecto cíclico, pero con capacidad de rodar hacia otro lado y no derrumbarse. Si el progreso existe, si es posible mejorar, entonces estos retrocesos pre democráticos, pre estado de derecho y pre derechos humanos, están condenados al naufragio. Malo para los autoritarios populistas.

En estos días, muchos estamos adorando al líder: Chávez, Correa, Evo o Cristina. Es lo propio de las sociedades estamentales, donde el jefe rico y poderoso, comandaba a los pobres que siempre iban a seguir siendo pobres, soldados regimentados, carne de cañón. En la Argentina eso pasó cuando se disolvió el poder central de la Colonia y cada patrón de estancia rico se transformó en jefe de los gauchos pobres de su zona de influencia y rechazó a otros patrones.  Es lo propio de la aparición del poder en las sociedades primitivas: el más fuerte se impone a los demás y los demás se le someten en la tribu. ¿Qué persona racional y moderna podría no darse cuenta de que eso es lo contrario del pensamiento progresista de la igualdad de derechos entre las personas; del valor igual de cada ser humano; de la necesidad de que todos se sometan a la ley porque nadie vale esencialmente más que otro; de la democracia? ¿Alguien puede favorecer a estos regímenes y decirse “progresista”?

Si uno se fija, estos populismos que buscan fundamentalmente el máximo poder para los jefes, miran siempre para atrás. La manera de consolidar el poder del jefe, consiste en decir que el mundo se divide en señores totalmente malos y señores totalmente buenos y que el jefe es de los segundos y todos los que no lo siguen, de los primeros. Una vez hecha esta pirueta ridícula del primitivismo intelectual, porque todos sabemos que tenemos cosas malas y buenas, entonces miran al pasado para que la gente del presente le eche toda la culpa de sus males a otro, a uno de antes, que sería es el culpable de que nosotros no seamos absolutamente felices, ricos, etc. El malo del pasado es el cipayo, el oligarca, el capitalista, el judío, lo que sea.

Lo propio del autoritarismo populista de lo reivindicativo, el mirar para atrás. Lo de ellos es confundir con ideas abstractas, que no podemos tocar en el día a día; nada de cosas concretas, nada de mejorías posibles, nada de esfuerzos necesarios; sólo abstracciones: los malos, los conceptos colectivos de fronteras indefinidas, “la revolución”, que todo lo justifica, aún la muerte y cargarse los derechos humanos de los demás, de los “otros”, de los enemigos, de los diferentes.

Otra pirueta de los dictadores de todos los tiempos es cabalgar sobre la historia, como si “la historia” tuviera un sentido inevitable, único posible, ya conocido. Esta corriente, el historicismo, tiene defensores más ilustres, como Platón y Marx, duramente criticados por Karl Popper en su obra “La Sociedad Abierta y sus Enemigos”. Popper decía que la historia puede cambiar de rumbo, si nosotros con nuestra libertad esencial de personas lo deseamos y realizamos y que eso de la dirección inevitable era una patraña. Nuestros autoritarios, que ni rozaron a Platón, ni se zambulleron en la complejidad insoportable de Marx, ni conocen a Popper, dicen que por fin ellos, los jefes de los buenos, derrotaron a los malos de todos los tiempos, pero, sin embargo, para no estropear su negocio personal, agregan que siempre hay que dejarles a ellos todo su arbitrario poder absoluto… ¡No vaya ser que renazca un retoño de “malo” por allí!

El Futuro

La sociedad globalizada no parece demasiado compatible con el aislacionismo autoritario dentro de un territorio, que proponen estos populismos sudamericanos. El imperio soviético cayó por las radios y las TVs occidentales: la gente las veía y oía y eso no se pudo evitar. China, por su parte, se desborda en una apertura administrada hacia el mundo de la libertad, de la creación, de la democracia.

Si para no quedar completamente solos se decide tomar el camino internacional de las sociedades con bandidos, como las que propicia Chávez con Al Assad y Ahmadinejad, ese no parece ser un rumbo razonable, apetecible o aceptable. El desarrollo científico tecnológico del mundo que protege la libertad de las personas, su creatividad y su derecho, es tan impresionante, que estos tiranuelos del siglo XIX terminarán peleando a caballo contra cohetes. Creo que en un caso extremo sólo podrían hacer daño y acto seguido desaparecer de la faz de la tierra junto con sus pueblos.

Internet hace que los internautas sean cada vez más individuos, más individuales, con más sentimientos de tener derechos propios, para criticar, para interactuar, para exigir, como se vio en la llamada primavera árabe o en las masivas movilizaciones populares convocadas por las redes en Europa o en la Argentina. Esta revolución de la individuación se suma a la otra gran revolución de Internet que cambiará el mundo para siempre, al haber hecho desaparecer el tiempo y el espacio; todo es instantáneo; todos interactúan sin conciencia de sus ubicaciones; todos acceden a la red. El mundo ya es distinto.

En este nuevo mundo, nuestra fuerza política en lugar de hablar desde un atril, escucha. Escucha para representar, para entender puntos de vista, para encontrar soluciones concretas a problemas concretos. Cercanía, es el valor más democrático; de una radicalización democrática de participación masiva y permanente. Respeto y tolerancia. Esos son nuestros valores. ¿Cuál es tu idea?, nos preguntan. “Respetar la tuya”, es nuestra primer respuesta.

En este nuevo mundo, nuestra fuerza busca esforzarse colectiva e individualmente, para resolver problemas, para mejorar las cosas, enfocándose en lo concreto. No nos apasionan las abstracciones, como izquierdas y derechas, que no entendemos bien qué van significando. Para nosotros limitar el poder arbitrario, radicalizar la democracia, respetar al otro y considerarlo un igual, no es de derecha, sino más bien lo contrario. Por eso nos enfocamos al futuro, más que al pasado, buscamos mejorar, antes que echar culpas a otros para atrás por nuestros males.

Además somos optimistas, positivos, creemos en la capacidad transformadora de cada hombre.

Creemos en la unidad nacional, porque respetamos las diferencias y no queremos imponer nuestro punto de vista como el único posible o correcto. Creemos que así habrá progreso para las personas, para las familias, para las regiones del país. Creemos que hay un camino, más adecuado a esta revolucionaria modernidad.

En Sudamérica otros piensan lo mismo que nosotros. Chile, Perú, Colombia y México, acaban de firmar la Alianza del Pacífico, que es un acuerdo para comerciar libremente entre ellos, que conforman un mercado de 200 millones de personas. Uruguay y Canadá han sido aceptados como veedores. Apuestan a esas personas, a su creatividad, a los beneficios de estar vinculados estrechamente al resto del planeta, tanto para aprovechar sus descubrimientos, como para vender en sus mercados. El tiempo de los tiranos aislados ya no puede durar mucho.

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