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Opinión

No reformemos la Constitución

Por Pablo Gabriel Tonelli

Publicado en “Reflexiones Políticas II”, diciembre de 2012

Una vez más, cuando el presidente de la Nación en ejercicio se encuentra ante el inexorable final de su mandato, sin posibilidad de ser reelecto, se vuelve a menear la posibilidad de reformar nuestra Constitución Nacional.  Esta suerte de costumbre nacional muestra con toda claridad y crudeza la debilidad de nuestro sistema político e institucional.  Si viviéramos en una democracia madura y consolidada a nadie se le ocurriría mencionar la posibilidad de alterar las reglas constitucionales para hacer posible un tercer mandato del presidente en ejercicio.  Y si alguien cometiera la temeridad de atreverse, sería rápidamente descalificado y eyectado de los círculos serios de la política.

Pero, vaya novedad, la Argentina no es una sociedad democráticamente madura y lo demuestra con el poco apego que expresa por la estabilidad de las normas.  Por eso no llama la atención que el actual gobierno se proponga impulsar, según nos han advertido algunos de los habituales oráculos del oficialismo, una nueva reforma de la Constitución Nacional.

La iniciativa, a mi juicio, no constituye un tema, ni mucho menos una preocupación, para la sociedad en su conjunto. Se trata, muy por el contrario, de una inquietud que atañe solamente al oficialismo. Porque esa eventual reforma constitucional estaría orientada, exclusivamente, a resolver un problema del oficialismo kirchnerista, cual es la sucesión de la actual presidenta de la Nación.

Ninguno de los temas y problemas que hoy preocupan a los argentinos requiere, para ser solucionado, de una reforma constitucional.  Para combatir -de verdad- la inseguridad, para erradicar la inflación, para mejorar el sistema de salud, para que la educación de calidad llegue a todos los argentinos o para que los trenes sean seguros y confortables, no hace falta reforma constitucional alguna.  Lo que hace falta es decisión, planificación y uso eficiente y transparente de los recursos, es decir una suma de atributos de la que el actual gobierno carece.  Dicho en otros términos, la solución de nuestros más afligentes problemas requiere de un gobierno que gobierne, a diferencia del actual que todo lo manipula y confunde gobernar con relatar.

Pero la cuestión es que el kirchnerismo no encuentra sucesor para la presidenta Cristina Fernández de Kirchner.  Al menos no encuentra uno que asegure la continuidad del “modelo” tal como lo entienden la propia presidenta y los entusiastas militantes de La Cámpora.  Entonces, como ya ocurrió en 1948 y en 1994, intentan convencernos de la necesidad o conveniencia de una reforma constitucional que de nada serviría si de resolver los verdaderos problemas del país se trata.

Las reformas constitucionales deberían ser acometidas con objetivos y propósitos sumamente claros y definidos y, lo que es más importante, compartidos por la mayor parte de los habitantes de la Nación, que serán los destinatarios finales de cualquier posible reforma.  La posibilidad de extender el mandato presidencial más allá del límite razonable de dos períodos, no es un objetivo valioso ni tan siquiera deseable para la mayoría de la población argentina. Con la particularidad de que ya en 1994 tuvimos una reforma constitucional inspirada exclusivamente por la necesidad del entonces presidente de asegurarse un segundo mandato y el resultado estuvo muy lejos de ser satisfactorio o beneficioso para el país.

Por otra parte, los ciudadanos debemos estar alertas y prevenidos respecto de la posibilidad de que el gobierno nos invite a una reforma constitucional que no incluya la reelección de la actual presidenta. Para muchos podría constituir una tentación difícil de resistir la oportunidad de hacer cambios beneficiosos en nuestra Constitución Nacional, como podría ser, por ejemplo, una reforma fiscal que devuelva a las provincias los recursos e ingresos de los que el Gobierno Federal se ha apropiado durante los últimos años y que tiene sometidos a los estados locales a las arbitrariedades y perversidades políticas que la presidenta práctica, cada vez con más asiduidad.

Pero hay que estar prevenidos porque, sin dudas, se trataría de una trampa para lograr la concurrencia de voluntades que hace falta para iniciar el camino de la reforma (nada menos que los dos tercios del total de los diputados y senadores que integran cada una de las cámaras). Porque estoy seguro de que una vez constituida la convención constituyente que debería aprobar las reformas, los miembros oficialistas propondrían declararla soberana y extender las reformas más allá del temario aprobado por el Congreso. Y el primer punto de ese temario ampliado sería, inevitablemente, la posibilidad de la reelección eterna para la presidenta.

Hay que evitar esa artimaña y mantenernos firmes en la negativa a modificar la Constitución Nacional. Además, los argentinos tenemos que convencernos, de una vez por todas, que la esencia de la república son los límites y que uno de los más relevantes es el límite a la posibilidad de desempeñar la presidencia por más de dos períodos. Sería bueno que el gobierno también lo entendiera y aceptara y concentrara sus esfuerzos en gobernar bien y atender las urgencias reales de todos quienes habitamos la república.

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