Fundación Nuevas Generaciones Club de Ex Becarios Argentinos
 
 
 
 
Opinión

Del crecimiento desordenado al desarrollo planificado.

Por Pablo Ariel Das Neves

Publicado en “Reflexiones Políticas I”, diciembre de 2011.

Mirada en perspectiva, la economía de nuestro país se caracteriza por una profunda volatilidad macroeconómica, un proceso de destrucción de su sistema productivo, y un empobrecimiento constante de su población.

En promedio, la Argentina ha sufrido un proceso recesivo cada tres años. Y en el último cuarto de siglo, pasamos una década en recesión
Si se toma para el análisis el periodo 1974-2004, puede observarse claramente el deterioro de la economía. En 1974 el nivel de pobreza del país era del 5% de la población; el nivel de desempleo alcanzaba el 3%; y el coeficiente de Ginni era del 0,36.

En 2004, 30 años después, el nivel de pobreza del país era del 30%, el desempleo alcanzaba el 13%, y el coeficiente de Ginni llegaba al 0,50.
Podría incluso decirse que la tasa de crecimiento de la pobreza ha sido mayor a la tasa de crecimiento vegetativo de la población. Demostrando que no solo se “crearon nuevos pobres”, sino que también se empujo a la pobreza a muchos habitantes que no lo eran.

Al finalizar el proceso de convertibilidad en medio de una profunda crisis económica política y social, la Argentina pudo entrar en un exitoso y duradero proceso de crecimiento (no de desarrollo) económico. Prueba de ello es que el PBI creció “a tasas chinas” como suele decirse, a una tasa promedio anual de 6,5%, siendo esta más del doble de la tasa histórica de nuestro país.

A partir del derrumbe del gobierno de De la Rúa, las medidas adoptadas (con un alto costo social para la gente y político para quienes las tomaron) permitieron establecer las bases para ese crecimiento: 1) tipo de cambio real y competitivo (abandonando años de la experiencia de la convertibilidad); 2) declaración de default; y 3) sólidos superávits fiscal y de balanza comercial.

Independientemente de las medidas tomadas, existió un factor exógeno que fue fundamental para el crecimiento. El contexto de precios internacionales de los commodities fue extraordinariamente favorable para nuestro país y, probablemente, el mejor de toda la historia. En términos de precios de intercambio, el ratio en 2011 fue claramente el más beneficioso para la economía argentina en toda su historia reciente.
La Argentina no ha sido la excepción en este proceso dentro de América Latina. La realidad demuestra que los precios internacionales han ayudado mucho más al crecimiento de los países que los gobiernos ideológicamente afines en Latinoamérica. América del Sur ha tenido un periodo con un fuerte crecimiento económico y un notable mejoramiento de los indicadores sociales y fiscales.

Las tasas de crecimiento promedio anual del PBI hablan por si solas: Perú 7%; Argentina 6,5%; Uruguay 6,1%; Paraguay, Colombia y Venezuela al 5%.

Distinto el caso de las economías de Brasil y Chile, las cuales crecieron al 4%, pero con la salvedad que ambas economías se caracterizan por ser sustentables en el tiempo, y por no sufrir los “shocks” que describíamos al principio.

Gracias al aumento de los precios de exportación, las exportaciones de la Argentina crecieron un 166%, un formidable incentivo para desarrollar la economía, aunque sensiblemente inferior al crecimiento del 258% que representaron las exportaciones de Latino América. Este ingreso de divisas también se vio reflejado en el crecimiento de las reservas internacionales, que en el periodo 2003-2010 crecieron un 398%. Sin embargo, este último ítem es hoy puesto a prueba, por las razones que explicaremos más adelante.

Estos factores han explicado el formidable crecimiento económico que ha tenido la Argentina en los últimos años. Del sombrío 2001 al floreciente (?) 2011 el relato épico oficial indica que la economía Argentina vive su mejor momento.

Sin embargo, al correr el velo del relato, se observan serias falencias en la economía. Luces amarillas como las que advertíamos a principio del 2001 cuando reinaba la tranquilidad por el “blindaje financiero” anunciado.

Uno de los pilares de la recuperación, el superávit fiscal, muestra claros signos de debilitamiento. El gasto público (no la inversión) ha crecido descontroladamente como un instrumento para el mantenimiento del poder político del Gobierno Nacional. Aun con todo el “maquillaje contable” que incluye tomar ingresos no corrientes como corrientes, desde el 2009 que el sistema económico opera con déficit. El tiempo ha pasado y el gobierno nacional ha tomado (tarde) nota de ello. La reducción de los subsidios a nivel nacional va en ese camino. Sin embargo, en un contexto internacional confuso, donde priman las señales de la proximidad de una recesión, la eliminación de subsidios puede limitar la actividad económica, tal cual lo hizo el “impuestazo” del ex ministro Machinea en los principios del gobierno de la Alianza.

El gobierno ha demostrado también un desconocimiento total de la doctrina económica. John Maynard Keynes, economista sobre cuyas ideas se sustenta gran parte de las políticas económicas mundiales, desarrollo la teoría de la política contracíclica, donde en periodos de recesión el Estado debía inyectar vía gasto recursos en la economía para estimularla. La política kirchnerista es pro cíclica: en épocas de bonanza aumenta el gasto, y en épocas de “vacas flacas” ajusta el gasto.

Otro de los pilares de la recuperación fue el superávit financiero. Por el momento, las cuentas externas son superavitarias. Sin embargo, al analizar en profundidad el comercio exterior argentino, vemos que la soja y sus derivados han sido claramente el sostén de las cuentas externas. En el periodo comprendido entre el 2004 y el 2006, las exportaciones de soja y sus derivados equivalían al monto del saldo neto comercial (estimado en US$ 12.000 Millones), mientras que existía un equilibrio en el saldo de los otros productos. Sin embargo, a partir del 2007 se inicia una tendencia que se profundiza, donde el saldo neto comercial por exportaciones de soja y sus derivados aumenta (no vía efecto cantidad, sino vía efecto precio) mientras que todos los demás sectores de la economía se encuentran en déficit externo.

Esto tiene su correlato con las reservas internacionales de nuestro país, las cuales (al momento de escribir esta nota) se encuentran cercanas a perforar el piso de los US$ 46.000 Millones, cerca de los mínimos tocados en el 2009. Si bien el sistema financiero esta sólido como pocas veces se ha visto en la historia argentina (los bancos poseen una liquidez inédita), no deja de ser una luz amarilla para las autoridades monetarias. Sobre todo teniendo en cuenta que en diciembre del 2012 se deberá afrontar pagos por más de US$ 2.500 Millones.

La “memoria genética” argentina, desarrollada a fuerza de golpearse una y otra vez en sucesivas crisis, ha reaccionado más rápido que las autoridades y, pese al masivo apoyo a la reelección de CFK, ha tomado sus recaudos e iniciado una dolarización de sus activos, llegando a promedios cercanos a los US$ 2.000 millones mensuales. Las medidas (inconsistentes y descoordinadas) del Gobierno en esta materia solo han logrado instalar en la agenda pública un tema que no estaba presente.

Es importante destacar que esta caída de las reservas es producto solo en parte por la caída de los precios de exportación de los commodities. Un ejemplo de ello es que, mientras en la Argentina las reservas vienen en franco descenso a lo largo del año, en el resto de Latinoamérica han subido con tasas de crecimiento realmente envidiables: Chile 24%, Brasil 20%, Paraguay 18%, Colombia 13%.

Desde el punto de vista productivo, la Argentina no supo (o no pudo, o no quiso) aprovechar el extraordinario viento de cola que tuvo en la última década para industrializarse y desarrollar otros sectores de la economía, y por el contrario, adquirió la “enfermedad holandesa”. El concepto conocido como “enfermedad holandesa” (dutch disease) fue elaborado para describir el fenómeno del debilitamiento del sector industrial que ocurrió luego del descubrimiento de abundantes recursos naturales (yacimientos de gas) en los Países Bajos en 1960. Simplificando, la enfermedad holandesa es parte de un fenómeno conocido como la “maldición de los recursos naturales”, en el cual un país rico en este tipo de recursos desatiende su desarrollo industrial precisamente por dedicarse a esa abundancia.

Al contar con un recurso natural abundante y a buen precio, la economía argentina se ha vuelto “soja-dependiente”. Prueba de ello es no solo que su saldo exportador neto sostiene las cuentas externas, sino que el 75% de las áreas cultivables (3 de 4) se destinan a este producto. Sin entrar en debate si este cultivo es bueno o no para el desarrollo de los suelos, la realidad es que la excesiva especialización en este producto atenta contra el sector industrial manufacturero y aumenta la exposición al riesgo de nuestro país ante una eventual caída de los precios internacionales.

Se impone entonces, en términos de Vladimir Ilich Lenin, el “Que hacer” para corregir el rumbo de nuestra economía y evitar volver a caer en sucesivas crisis.

En primer lugar una advertencia: no hay recetas mágicas. Alejados de los discursos de campaña, la realidad es que en economía no hay soluciones mágicas o inmediatas. Al comienzo señalábamos como nuestro país vivía en una volatilidad macro constante y como en las últimas tres décadas se había destruido y empobrecido el sistema económico productivo argentino. Es imposible que un gobierno cambie, en un periodo de 4 u 8 años, décadas de políticas erráticas.

Sin embargo, el poder de la voluntad y la continuidad de políticas públicas pueden torcer el rumbo y poner a la Argentina en el camino del desarrollo económico sustentable.

El desarrollo económico sustentable es un concepto distinto al del crecimiento económico. El DES es la capacidad de un país de crear riqueza a fin de promover el bienestar económico y social de sus habitantes, satisfaciendo las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer las necesidades de las generaciones futuras.

Para ello, es necesario en la Argentina (entre otras cosas que no son materia de este documento) encarar un proceso de federalismo económico, reforma tributaria, e industrialización.

W. Rostow, un economista americano que se dedico a estudiar la teoría del desarrollo, señalaba la necesidad de establecer “condiciones previas” al despegue de una economía. Para ello tomaba como clara referencia a la inversión. Sin inversión no hay desplazamiento posible de la frontera de la producción.

En nuestro país, las PYMES son claves en la actividad económica: absorben casi el 80% del total del empleo asalariado, con una distribución geográfica regional mucho más equilibrada que las grandes empresas. El empresariado PYME, por razones culturales, tiene un apego importante a sus empresas y esta “entrenado” en sucesivas crisis. Al momento de implementar políticas que impulsen la dinámica inversora de las empresas, las PYMES deberían ser quienes encabecen este proceso.

Para ello se debe implementar un sistema que ya ha sido probado con esquemas similares en Chile e Irlanda, que consiste en desgravar la reinversión de utilidades de las PYMES, por plazos acotados a los fines de minimizar el impacto fiscal, como así también orientada por sectores para el desarrollo planificado de la economía.

De esta manera, y en base a determinadas condiciones, se aprovecharía la rentabilidad de las empresas para la adquisición de bienes de capital (principalmente), incorporación de nuevas tecnologías, y desarrollos de sectores claves.

La ausencia de un verdadero federalismo económico es la principal responsable de las asimetrías existentes en nuestro país. En las últimas dos décadas se ampliaron notablemente las diferencias entre el Estado Nacional y las Provincias. Prueba incontrastable de ello es la distribución de la masa de recursos, donde el Estado Nacional recibe el 73% de los recursos, mientras que las provincias solo el 27%. Esto se da claramente en conflicto con la Ley 23.548 de coparticipación federal, donde se establece que el 57% de los recursos son para las provincias.
Se ha llegado a esta situación mediante la descentralización de los servicios de educación y salud sin las correspondientes partidas presupuestarias, sumado al desvío de fondos provinciales para el financiamiento de la ANSES, como así también la creación de nuevos impuestos que se destinan casi en su totalidad al tesoro de la Nación (ver Impuesto al Cheque).

En el último tiempo, las transferencias discrecionales a las provincias se han transformado en la vara disciplinadora de los Gobernadores rebeldes, atentando así no solo contra la institucionalidad, sino también contra el desarrollo regional.

Es preciso entonces una reformulación del sistema tributario, a los fines de crear un verdadero federalismo fiscal y económico. Las provincias y sus gobernantes son la primera línea de batalla que debe enfrentarse a los problemas económicos. Quien mejor que ellos para definir las prioridades que existen en sus provincias.

La reforma al sistema fiscal debe hacerse en forma cuidadosa y gradual a los fines de no afectar la fortaleza fiscal. Este debe ser el principal eje rector de nuestra política. Se debe disminuir en forma progresiva el peso de dos impuestos anómalos como son el impuesto al cheque y las retenciones a las exportaciones. En el primer caso, su uso desincentiva la formalización de la economía y genera costos innecesarios a la actividad económica, por lo que habría que tender a su eliminación total. En el caso de las retenciones, debería establecerse la coparticipación total de este impuesto a los fines de equilibrar las percepciones de Nación y Provincias.

Es fundamental hacer más progresivo el sistema tributario, disminuyendo el peso del IVA y aumentando el peso del impuesto a las ganancias y bienes personales. Estos saldos deberían contener partidas especiales creadas a los fines específicos de programas de promoción industrial para grandes empresas, de forma tal que se pueda complementar con el esquema de reinversión de utilidades para empresas PYMES.

Tal como advertimos, no hay soluciones mágicas ni de corto plazo. También es cierto que en un programa económico de estas características no hay lugar para subsidiar programas como “Futbol para Todos”, donde la gente de menores recursos subsidia vía el Estado Nacional a clubes ineficientes que pagan salarios muy por encima de la media. En síntesis, es hora de ponerse los pantalones largos y establecer pautas claras.
Mientras más rápido lo hagamos, más rápido veremos los resultados. Mientras más nos demoremos, más nos costara encontrar nuestro rumbo.

Volver

NG NG  
 

Nuevas Generaciones | Beruti 2480 (C1117AAD) - Ciudad Autónoma de Buenos Aires (Argentina) - Tel: (54) (11) 4822-7721

Seguinos Facebook Seguinos Twitter