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Opinión

Del neoliberalismo y el comunismo al “nuevo mundo”.

Por Diego Ramiro Guelar

Publicado en “Reflexiones Políticas I”, diciembre de 2011

En el curso de una década se cayeron los dos mayores íconos ideológicos del siglo XX. En 1991 se disolvió la URSS (Unión Soviética) y entre el 2008 y el 2011 quedó claro que el rol del estado es ineludible para la resolución de los grandes desajustes de las economías capitalistas. Ni el estado omnicomprensivo y totalitario de la “dictadura del proletariado” ni el “estado ausente o mínimo” pregonizado por los neoliberales (o neoconservadores) tendrían más sustento político ni económico.

En este mismo periodo, China consolidó su “capitalismo de estado” con un creciente mercado de consumo interno y una amplia faja de propiedad privada rural y urbana, industrial y tecnológica que se expande al mismo ritmo de su crecimiento e integración a los flujos comerciales, financieros y de inversión planetarios.

Durante los últimos 50 años, entre ambos extremos del espectro ideológico, se desarrolló un “centro” en el contexto europeo y un “tercerismo” en la periferia que trataba de desligarse de dogmas, fueran estos de izquierda o de derecha.

Así se consolidó un pensamiento social-demócrata y otro social-cristiano que provenían del marxismo y del pensamiento social de las iglesias cristianas.

En Europa se impuso el “Estado de Bienestar” con altos niveles de empleo, seguridad social y acceso a la vivienda, la educación y la salud.
En la periferia, con honrosas excepciones, se desarrollaron diferentes formas de populismo paternalista con altas cuotas de corrupción y prebendas que se enfrentaban retóricamente con el “primer mundo” al que denostaban y admiraban simultáneamente.

Estas “ideologías morigeradas” también son arrastradas por la presente crisis al perder su base de sustentación económica  y tener que caer en altas tasas de desempleo y recortes a las pensiones y otros beneficios sociales.

El descontrol de los llamados “derivados financieros” y el “gap” producido entre la especulación y la producción de bienes y servicios, generó esa nueva “realidad líquida” que estalló como un volcán y se transformó en un verdadero tsunami.

Ya no alcanza con las recetas reactivadoras del keynesianismo clásico ni con los “ajustes” pergeñados por el Fondo Monetario Internacional.
Un “nuevo mundo” global e interactivo, debe suceder al de los bloques hegemónicos o el hiper imperio único.

La primera “prueba de fuego” será la supervivencia de la Unión europea y la Eurozona.

Esto solo se alcanzará por un fortalecimiento institucional que lleve a un verdadero “gobierno económico europeo” que consolide su Bco. Central, su Parlamento y las facultades de la presidencia del Consejo y la Comisión Europeas (la Corte Suprema ya ha alcanzado un alto grado de madurez).

Si esto ocurre, es de esperar que la ASEAN (Asociación del Sudeste Asiático) el Nafta y el Mercosur afinen sus mecanismos de integración regional y las potencias emergentes – Brics – desarrollen su participación activa global – en el G-20 y las Naciones Unidas – y en los foros regionales a los que pertenecen.

Hasta la Liga Árabe – muy activa por su “primavera” – y los mecanismos asociativos africanos están demostrando una vocación  inédita de alcanzar objetivos comunes.

En este mundo regionalizado y segmentado, tres naciones “emergen” como referencias ineludibles y equilibrantes: USA, Alemania y China.
Un dato central de este “Nuevo Mundo” es que la competencia entre ellas no parece dirigirse hacia el enfrentamiento bélico ni a un mero reparto de “zonas de influencia”.

Habiendo partido de orígenes muy distintos, los tres han logrado una competitividad productiva creciente y una disciplina social que las aleja del caos y la incertidumbre.

Como todos los actores principales están trabajando en esa dirección – no hay especulaciones de bloque o naciones que crean en los beneficios de una crisis – lo esperable es que se resuelva positivamente aunque con una recesión inevitable en el próximo quinquenio.

Los estados, los bancos y las grandes empresas así como los sindicatos y los partidos políticos deberán jugar un papel de articulación equilibradora para amortiguar los conflictos sociales, aumentar la producción, crear empleo y contribuir al desarrollo de una cultura universal más solidaria para garantizar una mejor distribución del ingreso y una más eficiente asignación de los recursos. Si se transita este camino, el mundo podrá cumplir satisfactoriamente con las expectativas de sus 7.000 millones de habitantes.

Como en todo período de transición o ajuste, las primeras manifestaciones de protesta estuvieron ligadas a  sentimientos anti-globalización  y de indignación. El agregado fue la presencia de las redes sociales que permitieron la comunicación horizontal sin tener que recurrir a las estructuras tradicionales de mediación- partidos o sindicatos- que se encontraron desbordados por los acontecimientos.

El desafío es responder a estos justos reclamos pero canalizándolos institucionalmente de tal forma que el desorden y el pánico no se transformen en el vehículo principal- y por su propia naturaleza, frustrante- de un cambio necesario.

Si no actuamos responsablemente, una profunda crisis caerá sobre todos nosotros, seguramente peor que la que se produjo en 1930 y su consecuencia bélica mundial en los 40’s.

Nuestra región y la Argentina en particular no están fuera de este escenario.

Un fenómeno nuevo es también que Chile, Brasil, Perú y Uruguay tienen niveles de riesgo país mucho más bajos que Portugal, España, Italia y Grecia y el insignificante nivel de endeudamiento internacional en la región evita la exposición y el peligro de otras épocas en las cuales los conflictos centrales impactaban inmediatamente sobre nuestras economías.

La tendencia declinante del populismo en nuestro subcontinente y la distribución en tercios del comercio y las inversiones entre los EEUU, Europa y China, nos abren un panorama inédito para redefinir nuestro rol regional y, desde allí, poder terminar con la pobreza crónica que aún nos aqueja.

El “Mundo Nuevo” que se avizora no es el del “hombre nuevo” de la utopía setentista ni el “orden nuevo” de las propuestas más autoritarias o elitistas, sino el de un “Nuevo Consenso” más democrático, justo y equilibrado.

La calidad de la gestión y la participación social serán tan importantes como el valor legitimador de los procesos electorales.

Argentina debe tomar cuenta de estos cambios y poner  en funcionamiento pleno las instituciones que posee y le garantizan una amplia capacidad de adaptación al nuevo contexto mundial.

No podemos pensar cómo nos beneficiamos de una eventual tragedia planetaria sino cómo aportamos a su solución.

El mejor legado de nuestra restaurada democracia en 1983 es haber avanzado en el camino de la integración regional.

Así como Francia y Alemania tienen hoy una responsabilidad central en Europa, Argentina y Brasil la tenemos en Sudamérica.

Nuestro gran rédito será reencontrarnos con lo mejor de nuestra historia contribuyendo a construir un mundo y un futuro mejor.

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