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Opinión

Personas y circunstancias

Por Marcelo Muniagurria

Publicado en “Reflexiones Políticas I”, diciembre de 2011

Estaba un día en casa cuando sonó el teléfono y la voz amiga de Julián Obiglio me lanzó el pedido: “Escribite algunos párrafos sobre cómo ves el país y qué pensás de lo que ocurrió el pasado 23 de octubre”.

Le dije que sí pero de inmediato pensé “¡Qué lío!”. Es que, verdaderamente, ponerme a escribir me cuesta casi tanto como dejar de pensar en estos temas. Pero ya había aceptado, de modo que sólo quedaba encarar el desafío.

Fueron muchas las ocasiones, a lo largo de mi vida, en que expresé mis convicciones con un lápiz en la mano, como ahora. Pero siempre tenían algún tipo de condicionamiento; los más frecuentes, tener poca experiencia o estar demasiado involucrado.

Hoy eso es diferente. Tengo una larga experiencia (en la docencia universitaria, el periodismo, la actividad legislativa, la responsabilidad de gobernar, la representación gremial y un largo etcétera) y –lo más importante, a mi juicio- estoy fuera de la diaria vorágine de la política.

Lo de la experiencia vino acompañado por los años (suele llamársele vejez). La distancia del trajinar político fue una madurada decisión personal. Estaba ya grande para seguir, y me sentí muy joven al retirarme.

Con todo este necesario preámbulo ya planteado, vamos de lleno a lo que me fue pedido.

Creo que es sumamente difícil analizar las cuestiones políticas de nuestra Argentina sin tomar en cuenta tanto a las personas como a las circunstancias.

Con respecto a las primeras, podría decirse que las que cuentan son muchas para una síntesis como ésta; pero no lo son tanto si me refiero a aquéllas que tuve oportunidad de tratar en diferentes etapas de mi existencia.

Me referiré aquí sólo a tres: Hermes Binner y Néstor y Cristina Kirchner.

Conocí a Hermes en la década del ’80. Él actuaba en política y no perdía oportunidad de estar presente en todos los actos institucionales de la Sociedad Rural de Rosario, que yo presidía. Llegaba temprano, era el último en irse, y en cada ocasión transmitía su mensaje de militante.  Por supuesto, la tarea no se le presentaba sencilla: por aquellos años todos creían que nuestra institución y su línea de pensamiento eran incompatibles.

Con el correr de los años nos correspondió compartir la responsabilidad de tener funciones de gobierno en nuestra provincia de Santa Fe. Él llegó a la intendencia municipal de Rosario y allí tuvo la oportunidad de aplicar sus teorías a la realidad cotidiana que la gestión exige atender sin distracciones. Lo hizo en las buenas y en las malas, y creo que eso le sirvió mucho para su formación: las adversidades lo dotaron de experiencia, y al mismo tiempo supo capitalizar hábilmente los beneficios de diferentes gestiones de nivel provincial o nacional (el dragado, la transferencia de ferrocarriles a la órbita del municipio, el puente Rosario-Victoria, los accesos a la ciudad, la transferencia de los puertos) convirtiéndolos en acciones que innegablemente  beneficiaron a nuestra ciudad.

No llegó luego al gobierno de la provincia por casualidad, sino como producto de una combinación de militancia, armado de equipos y un mensaje constante, distinto a lo que se conocía hasta entonces.

Me animo a sintetizar lo que esto significa con mis palabras y de este modo: el arte de gobernar consiste en encontrar un equilibrio entre el estatismo extremo, que no puede ser resistido por la economía, y el capitalismo extremo, que no contiene a la gente. Si a esa base le sumamos más educación, más salud y más justicia el mensaje se presenta atractivo. La gente de mi provincia lo escuchó y le creyó.

Si su gestión fue o no exitosa es, a mi entender, parte de otra discusión, ajena al objetivo de estas líneas.

A Néstor lo conocí a comienzos de la década del ’90, cuando yo estaba en el Congreso de la Nación. Él, recién llegado a la gobernación de su provincia de Santa Cruz, militaba activamente a favor de la causa de los hielos continentales. Recuerdo muy bien cómo me impactó la vehemencia con que formulaba sus planteos. Pude ver allí a un dirigente con convicciones.

Volví a tratarlo algunos años después, en las tribunas de las sociedades rurales de su tierra. Mis mensajes como dirigente eran siempre de contención y respeto; tenía presentes a los productores de Santa Cruz. Sus réplicas eran habitualmente duras y en algunos casos hasta descalificadoras, pero no hacia mi persona sino a lo que yo representaba.

Nuevamente nos encontramos en el año 2000, ya en aquellas reuniones de gobernadores que eran tan frecuentes debido a la fragilidad que evidenciaba el gobierno nacional. De aquella etapa destaco algo que me sorprendía: su capacidad de disenso, después de negociaciones a menudo muy arduas buscando sellar y plasmar los acuerdos obtenidos.

Cuando llegó a ser Presidente su actitud hacia Santa Fe fue siempre cautelosa y calculada. No se caracterizó por concitar en nuestra provincia un apoyo importante, salvo algunas honrosas excepciones, hasta el momento en que su popularidad aumentó de tal modo que arrastró a buena parte de nuestra dirigencia detrás de su poder, en una forma que creo perfectamente conocida.

Su desaparición física potenció notablemente a través de su mujer la continuidad en la actual gestión y, según interpreto, generó un escenario que fue consolidándose más y más con el correr de los días, hasta llegar a la ratificación de esa gestión en las urnas.

Ignoro si la gente protagonizó esa ratificación plenamente convencida de las bondades de cuanto se hace; pero me quedó claro que no encontró en la oposición la cantidad necesaria de elementos que le generaran el interés por cambiar.

Ahora sí, las circunstancias.  Para ocuparme de ellas propongo una comparación que si bien en nuestro país es parcial, resulta al mismo tiempo sustantiva, porque la producción es un factor determinante para poder explicar lo sucedido.

Los productores de mi generación peleamos contra las bajas en los precios, las mermas de rendimientos, el sorgo de Alepo y todos sus acompañantes, los escasos niveles de conocimiento y de aplicación de las técnicas existentes. Soñábamos con el riego, el valor agregado, los mercados alternativos, las tecnologías que conocíamos y no podíamos aplicar.

Todo ese cuadro afortunadamente cambió, gracias a acciones propias –de organizaciones inteligentes con visión estratégica- y ajenas –la de los países que demandaban nuestros productos-.  Ahora es más fácil, más rentable, más apasionante: en una palabra, es lo que se llama una oportunidad.

La actual gestión nacional no vio esta realidad en un comienzo, aunque sí utilizó sus beneficios para presentarse como exitosa. La gente lo ha creído así y por ese motivo acompaña. ¿Hasta cuándo? Hasta que se borre el horroroso concepto de que todos somos oposición y que nadie presenta una mejor opción.

A la distancia, escucho hoy los discursos de la señora Presidenta y hago un gran esfuerzo para no cometer los errores de su marido, en aquellas exposiciones rurales del sur  que nos tocó compartir. Evalúo lo que se dice mucho más que quién lo dice y por qué. Estoy convencido de que para eso están los analistas, los periodistas y algunos otros. Pero cuidado: ahora yo ya soy mayoría, porque pertenezco al sector que observa y vota.
Hablé de Hermes y de Néstor - Cristina porque creo que eso fue lo que se votó en octubre. Puedo asegurar que soy de los que nunca estuvo ni con uno ni con los otros; pero debo reconocer que eran opciones distintas. Lo demás era solamente oposición.

Habrá que ver cómo se construye una mejor opción. Seguramente eso va a requerir mucho trabajo, mucho esfuerzo y –quizá- mucho tiempo.
Para quien lo intente será imprescindible entender y asumir que la política no es oportunismo, sino compromiso; que ser presidente de un país fantástico es muy fácil, pero hacer fantástico como presidente a un país es una auténtica epopeya.

Es que para eso hay que empezar por permitir que las voces exteriores nos pongan en marcha el maravilloso don del pensamiento.
Hay que escuchar, y no solamente oír.

Hay que sacar conclusiones prácticas de lo que se escucha. No, por supuesto, para aceptarlo todo como valioso, pero sí para poner a prueba lo que hasta ese momento sosteníamos como verdades intocables y tal vez no lo eran tanto.

Hay que tener coraje para desandar caminos cuando se ve que el que elegimos no lleva a ninguna parte.

Eso se llama inteligencia, con la que podremos plantearnos la búsqueda de alternativas. Lo otro, la repetición de lo mismo de siempre, nos asegura el aplauso previsible de los mismos de siempre, que serán cada vez menos.

En esta última elección se notó que no hay muchos dispuestos. Hubo muchos disponibles, que no es lo mismo. Y así nos fue.

Si esta idea de la nueva opción llegara a lograrse sería una gran alegría para mí. Y estoy seguro de que también lo sería para muchísima más gente.

El día que esa opción se concrete cuenten conmigo. La voy a votar.

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