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Opinión

La crisis de los alimentos y la Argentina: Oportunidades y desafíos

Por Jorge Srodek

Publicado en “Reflexiones Políticas I”, diciembre de 2011

La población mundial casi se ha duplicado en los últimos 40 años sumando 80 millones de personas cada año, cerca de 200 mil nuevas bocas que alimentar por día. Sin dudas, éste es un desafío que debe plantearse teniendo en cuenta la situación actual del mundo, pero por sobre todas las cosas, poniendo especial énfasis en el futuro que nos espera.

El mundo está mostrando fuertes evidencias de una crisis alimentaria que promete reconfigurar el modelo actual de producción, comercialización y distribución de los alimentos. En el último par de años millones de personas de todo el mundo han sido empujadas a la pobreza extrema a causa de la suba de los precios de los alimentos generando inestabilidad política y social en todos los rincones del planeta.
Mejores prácticas agropecuarias son necesarias para preservar los suelos y garantizar su sustentabilidad a futuro. La presión que ejerce el aumento del precio del petróleo y sus derivados, que tienen una incidencia importante en la producción y transporte de alimentos, hace que en algunas áreas del planeta la producción de algunos cultivos se vuelva insostenible.   

Se suma a esto la creciente tensión que existe entre los alimentos y los biocombustibles. El debate en torno a si los biocombustibles son en realidad competencia para la producción de alimentos lleva años sin resolverse, pero lo cierto es que cada vez que aumenta la competitividad de los combustibles alternativos frente al creciente aumento del valor del petróleo, el precio de algunos granos, y del maíz principalmente, se disparan.

Frente a este panorama, como productora y exportadora neta de alimentos, la Argentina tiene una responsabilidad mayúscula. Ya no solo debe considerar la producción de commodities como una actividad económica más del país, sino como una área estratégica sobre la cual no se deben escatimar esfuerzos y fijar políticas a mediano y largo plazo.

En éste contexto, la Argentina está llamada a ser parte importante de los cambios que se den en el paradigma en los próximos años. Para ello deberá rever su política en materia agro-industrial hacia adentro y hacia afuera si pretende adaptarse exitosamente al nuevo mundo que se avecina.

Los últimos años han sido de importante bonanza económica para la Argentina, con un crecimiento del PBI a "tasas chinas" y una espectacular recuperación de su situación financiera. El sector agropecuario fue parte de éste suceso a pesar de no formar parte de la mesa de decisiones sino más bien siendo generador de divisas e impulsor de la industria vinculada a su actividad.

Por muchos años, erróneamente, se ha planteado una dicotomía entre la industria y la producción agropecuaria que aún pagamos hasta el día hoy.  Esto ha tenido diferentes resultados, pero por sobre todas las cosas, impidió que ambos sectores se desarrollen en conjunto generando un verdadero tejido agroindustrial a lo largo y ancho del país que realmente genere cadenas de valor integradas horizontal y verticalmente.

La clase dirigente argentina no ha tomado real dimensión de las oportunidades y desafíos que se presentan para la Argentina en un contexto mundial de elevados precios y creciente demanda de alimentos. Como toda oportunidad, también viene acompañada con su cuota de responsabilidad, sobre todo si de alimentos se trata. Es seguro decir que el gobierno argentino no ha sabido ver más allá de la situación favorable que significaba en materia de ingreso de divisas el creciente aumento de los precios de los commodities. No ha sabido ver más allá de la coyuntura y por lo pronto no se ha preparado correctamente para lo que el futuro depara.

Las reservas de alimentos están muy centralizadas siendo que unas pocas corporaciones controlan el 90% del comercio internacional de granos, tres países producen el 70% del maíz exportado, y alrededor de treinta empresas minoristas son responsables de un tercio de las ventas de supermercados del mundo. Esto no sería un problema en si mismo si no se tratara de que controlan nada más y nada menos que algo tan sensible como la alimentación de todo el planeta. Sin dudas, se deberá replantear el grado de liberalización del comercio y planificar mejor la producción de alimentos para realmente generar nuevas condiciones de mayor equidad entre los países. 

En el mediano termino, la resolución de la crisis de los alimentos debe estar sustentada por un aumento de la producción, sobre todo en países en desarrollo como la Argentina y esto requiere de fuertes inversiones en materia de infraestructura productiva, de transporte y de almacenamiento.  Además, deberá avanzar la frontera agropecuaria dónde hoy la producción no es viable para incorporar nuevas áreas de cultivo. Es imprescindible incentivar e impulsar la utilización de los seguros multiriesgo, incluyendo la sequía, y la operación de los mercados a término para generar mayor certidumbre a una actividad que de por si conlleva una gran cuota de riesgo asociado a la variable climatológica. 

Aquellos países que se resisten a la incorporación de alimentos provenientes de semillas genéticamente modificadas deberán rever su posición ante las evidentes mejoras en la productividad que la ciencia aporta. La seguridad y la estabilidad del suministro de alimentos se incrementan cuando los mercados operan bajo señales de precios claras y permanentes y cuando los gobiernos proporcionan un adecuado apoyo a la infraestructura social.
La Argentina viene de una década de crecimiento espectacular que no ha sabido transformar en desarrollo. El crecimiento encuentra claros indicadores en el PBI, la balanza comercial y la recaudación, sin embargo, los indicadores del desarrollo que se encuentran en una mejor educación, un mejor sistema de salud, mayor seguridad y un mayor grado de institucionalidad no han mejorado y en muchos casos han empeorado.
El sector agropecuario no es ajeno a ésta situación y sin dudas ha crecido, pero no se ha desarrollado teniendo en cuenta los desafíos a futuro.  Frente a esto, se hace evidente la falta de una política agropecuaria nacional que provea de un marco adecuado para el desarrollo de una nueva manera de abordar la actividad agro-industrial.
Más allá de los precios, la crisis alimentaria demanda un restructuración total del sistema mundial de producción de alimentos. Un nuevo modelo es necesario y la Argentina será necesariamente protagonista de éstos cambios. Sin embargo, aún resta saber si lo hará siendo furgón de cola o liderando con sus posiciones y políticas, marcando el camino para otros países productores de alimentos.

Durante años, instituciones como el Banco Mundial o el FMI han impulsado un modelo de liberalización total de la producción y comercio de alimentos argumentando que sería éste el sistema más eficiente para la distribución de los producción.  En efecto, la crisis de los últimos años ha puesto en evidencia que el mercado debe tener cierta regulación para realmente cumplir de manera efectiva con una distribución equitativa. Muchos países han dejado de producir ciertos commodities para pasar a depender exclusivamente de su importación, haciendo que por éstos días su seguridad alimentaria esté seriamente comprometida. Incluso con cosechas récord, las herramientas financieras y la especulación han generado una burbuja en los precios de los alimentos que de seguro permanecerá por años.

En la Argentina, es necesario que de una vez por todas haya una verdadera política agroindustrial que pueda ver más allá de la coyuntura actual y que tenga una mirada coherente de corto, mediano y largo plazo.  Si la idea es poner a la Argentina en el mapa mundial como un país protagonista de los próximos años, es imprescindible que se generen los consensos sobre los cuales deben trazarse las principales políticas en materia agroindustrial. Para ello, todos los actores involucrados deberán jugar su parte, manifestar sus preocupaciones, proponer soluciones y alternativas y el gobierno y la clase política deberán deponer sus enfrentamientos para superar con éxito cualquier problema que se interponga entre la Argentina y su desarrollo de la mano de la producción agroindustrial.

La Argentina debe también fortalecer su federalismo, recuperar la credibilidad en los mercados, orientar su crecimiento al comercio internacional, la política de precios debe fundarse en la libertad y la competencia comercial para lo cual es imprescindible eliminar los impuestos distorsivos como las retenciones y aplicar un sistema tributario justo y transparente. La expansión del sector demanda de un crecimiento del crédito que esté acorde a su participación en el PBI nacional y debe entenderse que la inversión en tecnología y capacitación será vital para alcanzar altos niveles de competitividad y para impulsar el desarrollo local.

Habrá que respetar y saber aprovechar las diferencias regionales. Éstas no son un capricho del productor, sino que responden a la situación climática y de los suelos de las distintas zonas de nuestro país, cada una con sus particularidades, ventajas y desventajas.

Esto quiere decir que deben dejarse de lado todo tipo de banderas políticas e ideologías, para poner el bien común y el porvenir de nuestro país por encima de cualquier antinomia. Por primera vez en muchos años la Argentina se encuentra ante la oportunidad de recuperar el liderazgo mundial que algún día supo tener, será cuestión de que sus gobernantes, políticos, empresarios y trabajadores estén a la altura de los acontecimientos.

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