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Opinión

Juicio a las primarias

Por Pablo Gabriel Tonelli

Publicado en “Reflexiones Políticas I”, diciembre de 2011

Pasadas ya las elecciones primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias establecidas por la ley 26.571 ―pomposamente denominada "de democratización de la representación política, la transparencia y la equidad electoral"―, parece oportuno y conveniente hacer un breve balance de la novedad.

Debo comenzar por aclarar que el sistema no me gusta y paso a explicar, muy sintéticamente, mis razones.

En nuestro país es bastante fácil y sencillo crear un partido político, como lo prueba la existencia de 36 partidos nacionales y 531 partidos de distrito.  Todavía más fácil es afiliarse a cualquier partido político y participar de su vida interna; con la garantía constitucional y legal de que ese funcionamiento interno debe respetar el método democrático y la representación de las minorías (art. 38 de la Constitución Nacional y ley 23.298).  A partir de estas premisas, no me parece adecuado ni razonable obligar, a quien no se interesa por el desenvolvimiento de un partido, a participar en la elección de los candidatos que lo representen en las elecciones generales.  Y tampoco me parece justo obligar a quienes sí se interesan por el desenvolvimiento del partido a compartir tan trascendental decisión con quienes no desean hacerlo.

Para complicar aún más las cosas, la ley permite que los afiliados de un partido político elijan a los candidatos de otro partido político, circunstancia que permitiría concretar maniobras de muy dudosa legalidad y reñidas con el espíritu democrático.

Pero lo cierto es que, merced al empeño del actual oficialismo, las primarias fueron consagradas y se realizaron, lo que me devuelve al principio y a la conveniencia de analizar el resultado que produjeron.

En lo referido a la elección de las fórmulas presidenciales no hubo competencia.  Todos los partidos y alianzas presentaron una única fórmula y todas ellas, con una sola excepción, superaron la barrera impuesta por la ley de obtener el 1,50% de los votos válidamente emitidos en toda la república.  Por lo tanto, las mismas diez fórmulas que sortearon ese primer obstáculo volverán a participar en la elección general, la verdadera, que se celebrará el próximo 23 de octubre.

Para los demás cargos de legisladores nacionales y autoridades provinciales (esto último sólo en cuatro provincias) sí hubo algo de competencia, pero no en un nivel que justificara la movilización y el gasto electoral de los comicios.  A lo cual podría sumarse, para oscurecer un poco más el panorama, que el escrutinio definitivo debió hacerse a las apuradas ―para poder llegar a tiempo a la elección verdadera― y dejó algunas dudas en cuanto a su exactitud.

En definitiva y como tanto se ha repetido, se trató más de una gran encuesta que de una verdadera primaria.  Una suerte de "precalentamiento", en términos futbolísticos.

Esta peculiar primaria hubiera tenido sentido, a mi juicio, si la ley contemplara la posibilidad de una recomposición de fórmulas antes de la elección general, tal como sí preveía la anterior reglamentación de internas (o primarias) abiertas que nunca llegó a aplicarse (ley 25.611 y sus decretos reglamentarios, luego derogada por ley 26.191).  Y en este punto aclaro que en mi condición de diputado nacional y por las razones que brevemente expuse más arriba, voté favorablemente la derogación de ese anterior sistema de elecciones primarias.

La posibilidad de recomponer fórmulas y celebrar nuevas alianzas con posterioridad a las primarias y antes de la elección general, le hubiera conferido interés y dinamismo al proceso electoral y habría dotado de verdadera importancia y trascendencia a este ensayo del que hemos participado todos los electores.  Pero la rigidez de la ley ha impedido que ello ocurra y la contienda electoral ha perdido interés en una proporción demasiado elevada.

En definitiva, luego de haber pasado esta novedosa experiencia mi juicio sigue siendo negativo acerca de la utilidad y conveniencia de estas primarias abiertas, simultáneas y obligatorias. Si se decidiera preservar el sistema deberían proyectarse modificaciones trascendentes. Las más relevantes me parecen: a) que los afiliados a un partido político sólo puedan votar en la interna de ese partido; b) que los "independientes", es decir ciudadanos no afiliados a ningún partido, puedan votar en la interna de cualquier partido; c) que luego de las primarias y antes de la elección general sea posible recomponer fórmulas y listas de candidatos entre distintos partidos y agrupaciones.  De lo contrario, me parece más saludable volver al tradicional sistema de internas cerradas, en el cual son los afiliados de los partidos políticos quienes eligen a los candidatos que habrán de representarlos en las elecciones generales.

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