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Opinión

La Argentina y las drogas: del tráfico al consumo

Por Rebeca Gonzáles Esteves

Publicado en mayo de 2010

El tráfico de drogas, se sabe, es un mal que aqueja a Latinoamérica desde hace décadas. Sin embargo, es momento de mirar hacia la Argentina y realizar una profunda y necesaria autocrítica ante una realidad que indica que nuestro país, otrora un lugar de tránsito para el tráfico de drogas, ha pasado a engrosar la lista de naciones con agudos problemas de consumo de sustancias ilegales.

En primer lugar, se ha registrado un marcado ascenso en la cantidad de drogas incautadas en la Argentina. Según los datos del último informe mundial sobre drogas emitido por la ONU en Julio de este año, solamente en el año 2008 se incautaron en nuestro país 107,53 toneladas de marihuana en tanto que la cantidad de hoja de cocaína decomisada fue de casi 54 toneladas. Si comparamos estos datos con los correspondientes al año ‘98 (11 toneladas), encontramos un aumento cercano al 977% en la cantidad de marihuana confiscada y un incremento del 12% en el caso de la cocaína (en 1998 la cifra fue de 47,8 tn). Por último, es menester resaltar el vertiginoso incremento de la cantidad de pasta base de cocaína (conocida como “paco”) confiscada entre los últimos 10 años, pasando de 1,76 toneladas en 1998 a 12 toneladas en el año 2008. Si tenemos en cuenta que se estima que los operativos de control logran incautar tan solo el 10% de la droga que se trafica en la región, vemos que la situación se ha vuelto alarmante.

En segundo lugar, y como es de prever, esta situación de fuerte aumento en la cantidad de estupefacientes que se trafica en  nuestro país se condice con un agudo incremento en su consumo.La Argentina se ha convertido en el país de mayor consumo de marihuana de toda Latinoamérica; según la ONU, para el año 2006 el 7,2% de la población de entre 15 y 64 años habían consumido, al menos una vez, esa sustancia. De este porcentaje, el 27,5% se declararon como drogodependientes. A su vez, en términos relativos, nuestro país es donde más cocaína se consume de toda Sudamérica, llegando a una incidencia del 2,7%, lo cual equivale a 600.000 consumidores. En 1999, esta cifra llegaba apenas al 1,9%.  Se estima que este número ha crecido significativamente para el año 2009, pero el gobierno nacional no ha querido entregar a la ONU cifras oficiales al respecto.

En tercer y último lugar, la cuestión del consumo de la pasta base de cocaína, más comúnmente conocida como “paco” merece un párrafo aparte. Según los últimos datos disponibles del SEDRONAR, el consumo de esta sustancia ha aumentado un 200% en los últimos cuatro años entre los estudiantes secundarios. De éstos, el 2,5% admitió haber consumido “alguna vez” pasta base mientras que el 1% confesó hacerlo semanalmente. Su principal “atractivo” es lo económico de su precio: $6 alcanzan para que un adolescente compre una dosis de “paco”. Esta característica ha convertido al “paco” en la droga de principal consumo entre las clases marginales.

Ante este panorama, es imposible darle la espalda al hecho de que el consumo de estupefacientes se ha convertido en uno de los principales problemas de la Argentina. Su presencia corrompe todos los ámbitos de la sociedad y es la piedra fundamental de un proceso signado por la drogodependencia, la deserción escolar y la delincuencia. La negativa del gobierno nacional a revelar datos oficiales sobre la situación actual del tráfico y consumo de drogas resulta, cuando menos, irresponsable. Al ocultar las cifras reales se está ocultando también la magnitud real del problema.

Es preciso, ante esta situación, desarrollar una política de estado que, de manera integral, busque una solución a largo plazo para la problemática planteada por las drogas. Este proyecto deberá abordar numerosas cuestiones. Primero, un plan de prevención que incluya, entre sus piezas, un manual para impartir este tema en las escuelas secundarias. Segundo, un plan de salud y rehabilitación para el drogodependiente que cuente con los elementos necesarios para dar ayuda al creciente número de adictos. Muchos centros de rehabilitación existen gracias al trabajo de ONGs y voluntarios comprometidos con esta temática, pero es imperioso que el Ministerio de Salud nacional ponga manos a la obra y provea de profesionales e infraestructura donde tratar a los adictos en rehabilitación. En tercer lugar, se deberá dar fin al virtual espacio aéreo liberado que existe en las fronteras del norte argentino, lugar por donde ingresa casi la totalidad de la droga que llega a nuestro país. La total ausencia de radares que permitan la detección de las avionetas en las que los narcotraficantes transportan las drogas resulta algo totalmente negligente en un país que comparte fronteras con dos de los principales productores mundiales de marihuana y cocaína: Bolivia y Paraguay.

Claramente llevará mucho tiempo poder revertir la situación en la cual está inmersa la Argentina, pero una correcta política de combate al consumo y tráfico de drogas es una manera acertada de comenzar a tomar las riendas del problema. Sin embargo, esto resultará difícil en tanto el gobierno de turno no reconozca a las drogas como lo que realmente son: un problema que existe, que se expande sin freno y que, en definitiva no afecta solamente a quienes las consumen: nos afecta a todos.

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