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Opinión

El auge de América Latina

Por Guillermo Hirschfeld

Publicado en febrero de 2010

Es un buen momento para América Latina. Sobran los ejemplos en este sentido, algunos son muy ilustrativos, y otros, más prosaicos. El presidente de Brasil es elegido como hombre del año en diversas publicaciones, la persona más rica del mundo es un mexicano, la cantantepop más exitosa de la tierra es colombiana, la gastronomía peruana es considerada en Europa de las mejores del mundo, y tanto el deporte como la industria audiovisual atraviesan por un período de esplendor cuyo impacto se ha dejado sentir en todo el planeta.

En cuanto a las tendencias de desarrollo económico en la región, Latinoamérica no sufrió la crisis económica como otros bloques, y las cifras son elocuentes y alentadoras. Según las previsiones para el año 2010, América Latina crecerá un promedio cercano al 5% y al 4%, sin variaciones, en 2011. Brasil, Chile, Colombia y Perú son los países que registran un crecimiento del PIB más estable. Cabe destacar que, México y Brasil en conjunto, representan dos terceras partes de la producción económica regional. Chile ha escalado hasta los primeros lugares de todos los índices en los últimos años y actualmente se coloca entre las diez economías más libres del mundo, mientras que Venezuela y el resto de países que adhieren a los postulados socialistas no destacan en ese ránking.

América Latina no ha despuntado como China o la India, pero no es pobre como Áfricani sufre conflictos bélicos como Oriente Medio, y tampoco padece tensiones de origen religioso como otras zonas del globo.  En no pocas ocasiones ha sido subestimada por el mundo desarrollado, considerándolo una zona del planeta exótica y para la experimentación social.  Sin embargo, a pesar de todo, la región cuenta con 500 millones de habitantes, tiene la mayor superficie de tierra cultivable, la mayor proporción de reservas de crudo del mundo y un tejido social incorporado plenamente al entramado de valores occidentales de democracia y libertad.

Un tren lleno de oportunidades vuelve a pasar frente a América Latina. Indudablemente es el momento de acometer las reformas que conduzcan definitivamente a los países de la región por la senda de la vanguardia de las naciones desarrolladas. Y hay motivos para el optimismo porque gran parte de América Latina ha optado por la democracia, la apertura al mundo y el libre comercio.

Asimismo, la conmemoración de los Bicentenarios de los procesos de emancipación de las naciones de América Latina que se están celebrando en este período representa una oportunidad que, más allá de las celebraciones, constituye un desafío de reflexión y construcción política para el futuro. Nos exige la realización de una ardua tarea de clarificación ante la oleada de tergiversaciones históricas que han venido de la mano del tan recurrente victimismo. Esta empresa debería enfocarse sustancialmente en el hecho de que esos procesos constituyeron el antecedente principal para el tránsito del antiguo régimen hacia la modernidad en ese lado del Atlántico. En definitiva, el salto del absolutismo a la nación de ciudadanos libres e iguales, al constitucionalismo liberal. El enfoque será correcto si se enfatiza que ese tránsito lo recorrimos juntos a las dos orillas del Atlántico y que aquello que había sucedido en Filadelfia en 1776, en Paris en 1789, y en Cádiz en 1812, no era sino el embrión de procesos análogos que se desarrollarían décadas después en América Latina. A partir de ese análisis, la principal misión para aprovechar esta oportunidad y dotar de contenido a los festejos de los Bicentenarios será detectar cuáles fueron los factores que generaron desarrollo y cuáles obstaculizaron el progreso de las naciones iberoamericanas, para no repetir errores de estos doscientos años de Repúblicas independientes y escoger el camino correcto.

Pero, lamentablemente, no todas son luces para América Latina. Tanto el incremento de la violencia y el crimen organizado en algunos países, la deriva totalitaria de algunos países gobernados por los autodenominados socialistas del siglo XXI, cuya quintaesencia la representa la administración de Hugo Chávez, las tensiones entre el gobierno de Venezuela con Colombia, y las dificultades que encuentran otros para lograr que el crecimiento económico se traduzca en reducción de la pobreza y creación de clase media nos lleva a pensar que ese tren de oportunidades se puede perder muy fácilmente. Para que esto no ocurra, la política deberá tomar decisiones importantes; con amplitud de miras y sentido de estadistas, los líderes del futuro deberán apostar ineludiblemente por un desarrollo apoyado en educación, infraestructuras y tecnologías que faciliten la integración y la devolución de la confianza a los ciudadanos con Estados modernos que faciliten la capacidad emprendedora de los latinoamericanos. Sólo el tiempo nos revelará si las élites gobernantes cuentan con la suficiente visión para obtener los logros que permitan anclar definitivamente a los países de la región en la vanguardia de las naciones.

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