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Opinión

Oportunidades y riesgos de América Latina

Por Carlos Alfredo Aguinaga

Publicado en “Reflexiones Políticas III”. Diciembre de 2013

La Globalización

La caída del Muro de Berlín, el final del socialismo en la ex URSS, la incorporación de la economía de mercado en India y China, y el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York constituyen un momento de inflexión hacia grandes cambios que se están produciendo en relación a cómo se concebía el mundo, y a las expectativas que se generan hacia el futuro.

La aparición del fenómeno de la “globalización”, que se ha acelerado en los últimos años principalmente por la producción de cambios tecnológicos en el transporte, en el acceso a las comunicaciones y en el potencial armamentístico, es una situación que no será pasajera.

El mapa parece haberse achicado nuevamente, dando lugar a la irrupción de un mundo más accesible y cercano para sus habitantes. Se han acortado las distancias y todo está más al alcance de la mano.

Acontecimientos que ocurren en determinado lugar pueden causar efectos en otro, aún lejano, y en forma casi inmediata. Parecería que los distintos países se encuentran en una situación de mayor interdependencia recíproca. Si bien esto no es algo nuevo, aunque hoy se aprecia con mayor facilidad, nos obliga a pensar en un tejido de redes cada vez más complejo, pero a su vez más simple para las personas.

¿Quién puede dudar que los cambios tecnológicos en el transporte (de personas, de producción, aún de alimentos en fresco), en las comunicaciones y el potencial de las armas, superen el control efectivo que pueda intentar cualquier gobierno en forma aislada?

Estas transformaciones tan importantes exigen nuevas respuestas que no son efectivas cuando son adoptadas únicamente por los gobiernos en forma individual.

América Latina forma parte de este nuevo mundo, y debe alinearse dentro del mismo, ampliando sus mercados y participando en las soluciones políticas que requiere el momento.

Según el profesor John H. Jackson, “el problema ya no es cómo revertir la globalización, o alguna parte de la misma, sino cómo manejarla y tratar con ella por medio de políticas que puedan apropiarse de los beneficios de la globalización y que a su vez nulifiquen o atenúen sus efectos nocivos que puedan afectar a los individuos y sus familias (o a la paz mundial)”.

Frente a los nuevos desafíos, el triunfo de la democracia representativa y liberal, la adopción en forma muy generalizada de las reglas económicas del libre mercado, el incremento del comercio, y el desarrollo de las nuevas tecnologías de las comunicaciones y la información, han ido configurando un mundo que tiende a la libre circulación de bienes, servicios, capitales y conocimientos.

La aparición de la economía globalizada y la proliferación de sociedades abiertas es una evidente revolución social y económica mucho más impactante que la Revolución Industrial, que ya había beneficiado a todos los habitantes del planeta, pero muy especialmente a los más pobres y vulnerables.

En los últimos cincuenta años, la pobreza del planeta ha disminuido más que en los quinientos años anteriores. El número de pobres que viven con menos de un dólar al día se ha visto reducido en quinientos millones de personas en los últimos treinta años. Las tasas de crecimiento de los países emergentes llegaron a ser muy elevadas, y la última crisis económica y financiera no ha impedido el fenómeno: los países emergentes, y América Latina con ellos, han crecido mucho más deprisa que los desarrollados.

El periodista brasilero Carlos A. Sandenberg da una clara visión de los efectos del mundo globalizado: “La verdad, el momento más brillante de la economía mundial moderna corrió en el inicio del siglo XXI, con el auge de la globalización. Todas las regiones crecieron encima de su potencial histórico. Considerando los años 90 para acá, o desde el fin del socialismo para acá, fue el período de más crecimiento de renta y de mayor reducción de la pobreza”.

En este contexto, América Latina tiene el futuro al alcance de la mano, con la enorme oportunidad de insertarse política y económicamente en el nuevo mundo. Es una región que no está fragmentada desde el punto de vista de su geografía, cuya cultura no tiene fronteras, y que en veinte años contará con mil millones de personas. Nuestro territorio es cuatro veces más grande que la Unión Europea, y la economía latinoamericana es la cuarta del mundo con un PBI de 6.400 billones de dólares, luego de la Unión Europea, Estados Unidos y China.

Además de haber experimentado un gran impulso social en las últimas décadas, América Latina cuenta con un enorme potencial. Esto se logró con la introducción de los siguientes principios occidentales: la adopción del costitucionalismo moderno, la vigencia de la democracia y el sistema republicano, el respeto por la propiedad privada y el orden de la macroeconomía, y la implementación de la economía de mercado y el equilibrio fiscal. El futuro puede ser aún mejor que el presente. Para ello, debemos profundizar nuestra identidad occidental y vincularnos al nuevo mundo, asumiendo los desafíos.

Populismo y Socialismo Siglo XXI

A pesar de los logros y los grandes resultados palpables, hay aspectos culturales que no están del todo resueltos en la región y que siempre regresan, provocando riesgos que pueden limitar la consolidación de los avances.

La tentación de contar con liderazgos de corte decisionista es uno de los factores que da inseguridad, frente a lo que significa poner en vigencia un sistema institucional que respete el Estado de derecho y el gobierno de la ley para solucionar los problemas.

A su vez, existe un fuerte arraigo del nacionalismo económico y del proteccionismo comercial, amparado en la denominada teoría de la dependencia, que justifica el subdesarrollo de los países latinoamericanos explicando un supuesto papel subsidiario en la economía mundial, basado en la exportación de materias primas con bajo valor agregado.

Si bien el nacionalismo económico sólo sirvió para castigar a la región con una enorme deuda externa, un elevadísimo déficit fiscal y escenarios de hiperinflación que destruyeron la economía durante décadas, los fantasmas de sus nocivos efectos siempre están presentes, especialmente en Argentina; es parte del ADN de generaciones de compatriotas.

El progreso de la mayoría de los países del continente demuestra la falsedad de la teoría de la dependencia, pues quedó claro que se pueden obtener buenos logros de desarrollo, tomando las medidas políticas apropiadas en función de ello. No existe tal dependencia. Las que causan magros resultados son las malas políticas internas, ya que las buenas, así lo han demostrado.

El neopopulismo que caracteriza a algunos gobiernos de América Latina representa un atraso al desarrollo, y un peligro en caso de que se generalicen sus políticas cortoplacistas y demagógicas en el resto de la región.

Los gobiernos que siguen la línea del “eje bolivariano”, al que han llamado con el nombre de “socialismo del siglo XXI”, están atrasando a sus pueblos al malgastar recursos naturales sobre los que apalancan sus políticas demagógicas, cortoplacistas y empobrecedoras. Más temprano que tarde, se descubrirá que esos regímenes de tendencia totalitaria producen miseria y un espantoso resultado de atraso y pérdida de oportunidades en los países que los sufren.

La propia Venezuela, principal reserva de petróleo, se ve forzada a vender gasolina en cupos a sus ciudadanos. O tiene que racionar el uso de la luz eléctrica en razón de la falta de inversiones que garanticen el abastecimiento correcto de combustibles. Hoy es un país que se encuentra altamente endeudado y conviviendo con un importante déficit fiscal y una inflación que empobrece día a día a todos.

La democracia, la libertad, la propiedad, el Estado de derecho y el sistema republicano, están en riesgo sólo para el caso en que se generalicen los populismos en la región. Sin embargo, el fracaso de esos regímenes también sirve como ejemplo de lo que no se debe hacer en nuestros países, en virtud de los magros resultados exhibidos por los mismos.

Con la excepción de las naciones afectadas por el populismo, la región disfruta hoy de un modelo liberal que ha permitido un crecimiento económico verdaderamente extraordinario y ha hecho crecer enormemente a la clase media de Latinoamérica. Este proceso debe consolidarse para afianzar los logros sociales que se han iniciado hace tiempo.

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