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Opinión

Una nueva alternativa política

Por Federico Pinedo

Publicado en “Reflexiones Políticas III”. Diciembre de 2013

El sistema de partidos en la Argentina ha tendido a estructurarse en dos grandes fuerzas dominantes, más allá de la existencia esporádica de terceras agrupaciones. Tras la organización nacional, luego de la Constitución de 1853 y la federalización de la Ciudad de Buenos Aires en 1880, se disputaron el poder los autonomistas de Roca y Pellegrini con los mitristas. Ese bipartidismo, a pesar de la aparición de la Unión Cívica Radical en una revolución de 1893, recién se rompió a principios del siglo XX. Con el triunfo en 1916 de los radicales, que nutrieron su partido de viejos federales y autonomistas como Alem e Yrigoyen, y de gente que vino del mitrismo, quedó definido el nuevo bipartidismo radical-conservador. El golpe militar en 1943 dio origen al peronismo (conformado por votantes conservadores, dirigentes radicales y socialistas disidentes), lo que devino en el bipartidismo peronista-radical que agoniza desde 1995. No sabemos si aparecerá ahora una nueva fuerza política que cambie el bipartidismo previo, pero es interesante analizar los hechos que se proyectan hacia las elecciones presidenciales de 2015.

En el tramo democrático que comienza en 1983, ha habido un péndulo entre gobiernos peronistas y radicales. Hemos pasado de presidentes radicales que no logran siquiera terminar sus mandatos (Alfonsín y De la Rúa), a gobiernos peronistas que han tendido a abusar del poder, como Menem y su Corte Suprema adicta o su intento reeleccionista de reforma constitucional, o los Kirchner con sus superpoderes presupuestarios, su dictado de leyes por decreto, sus persecuciones a la prensa o sus intervenciones sobre el Poder Judicial. A esta dicotomía entre falta de gobernabilidad y abuso de poder, se han sumado los recurrentes casos de ignorancia acerca de las tendencias mundiales y la consecuente mala praxis económica, que han derivado en explosiones socialmente destructivas.

Hay en la Argentina una frase siniestra para un estado democrático: “sólo un partido puede gobernar” (en referencia al peronismo, en sus diferentes variantes). Sin embargo, el peronismo fue derrotado por Alfonsín; por Fernández Meijide del tercer partido, el FREPASO, en la Provincia de Buenos Aires; por la Alianza UCR-Frepaso con De la Rúa y Chacho Álvarez; o por De Narváez junto a Macri y Solá, también en la Provincia de Buenos Aires, enfrentando ni más ni menos que al ex-presidente Néstor Kirchner y al gobernador Daniel Scioli.

Si investigamos la opinión pública nacional, vemos que el 70% de los argentinos no se define como radical o peronista, por lo que queda claro que una mayoría de diferente signo es posible. Si analizamos a los políticos presidenciables para 2015, podemos ver que el kirchnerismo podría tener como candidato a un dirigente como Daniel Scioli y que otros peronistas como Sergio Massa podrían competir con él en las primarias o en la elección general. El conglomerado radical-socialista podría elegir un candidato común en las primarias, entre dirigentes como Hermes Binner, Julio Cobos o Ernesto Sanz. Por el lado del PRO, Mauricio Macri será candidato. Cualquiera de esos tres o cuatro sectores estará en condiciones de salir por lo menos segundo en la primera vuelta de la elección presidencial, y cualquiera que salga segundo en la primera vuelta podría ganar la segunda. De modo que afrontamos un escenario competitivo y abierto, que se irá clarificando en dos años.

Además de estas posibilidades abiertas, creo que se están dando dos fenómenos adicionales. Por un lado, se está produciendo un cambio generacional en la política argentina. La generación de los setenta, llena de antagonismos, luchas, intolerancia, rencores y destrucción, está dando paso a una generación que pudo votar siempre, desde que tuvo edad para hacerlo. Sus problemas existenciales no fueron los asesinatos políticos y las torturas, sino la inestabilidad económica, el fortalecimiento democrático o la marginalidad creciente de las crisis recurrentes. Ortega y Gasset hizo un trabajo sobre las generaciones, que concluía en que los miembros de una misma generación tienen muchas cosas en común que son más importantes que las diferencias ideológicas. En otras palabras, se asimilan más un conservador y un revolucionario de la misma generación, que dos conservadores o dos revolucionarios de diferentes generaciones.

Me da la impresión de que ya hay una marcada “fatiga de material” en los enfrentamientos del pasado, mientras que se han ido desarrollando consensos importantes en todo el arco político con aspiraciones de poder. Me refiero a consensos como la búsqueda de un piso de dignidad para todos, de igualdad de oportunidades, de inclusión social por vía de la educación y del trabajo, de la consolidación de una inserción internacional desde América Latina, de la seriedad nuclear, del desarrollo científico tecnológico, del agregado de valor a las materias primas locales, etcétera. Están en entredicho otros consensos como el respeto del Estado de Derecho, la división de poderes, la defensa de la moneda (lograda y perdida) y una inserción productiva pragmática pero competitiva.

Por otro lado, el segundo fenómeno que se está dando, creo, es la probabilidad cierta de que el próximo gobierno no sea uno de imposición unilateral de políticas por parte de un grupo frente a todos los demás, sino uno de conciliación de políticas en coaliciones más amplias. De 2013 a 2015 habrá dos años para desarrollar proyectos a ser implementados desde el día uno del próximo gobierno. Cada sector debería trabajar en esas propuestas de ley y reglamentos y luego buscar los consensos con otras fuerzas, potencialmente aliadas o aún competidoras, para tratar de encontrar pisos comunes sobre los cuáles construir coincidencias. Estas últimas son las que deberían integrarse en el futuro en un posible gobierno de coalición.

Durante más de una década, los partidos opositores al kirchnerismo han hecho un invalorable trabajo de discusión, puesta en común de problemas, búsqueda de coincidencias en dictámenes parlamentarios conjuntos, trabajo mancomunado, alianza legislativa, ejercicio de acuerdos y respeto de disidencias. Sería muy importante para la Argentina que ese capital social no sea desperdiciado en el futuro, sea por pequeñeces de partido o por ambiciones personales siempre menores que las necesidades colectivas.

Desde el PRO hemos iniciado un trabajo de redacción de normas para volver a encarrilar a la Argentina en la vía democrática, republicana, del Estado de Derecho, de la tolerancia, del respeto de las diferencias, y del aprovechamiento de la pluralidad de miradas. Compartiremos con nuestros colegas del Congreso y de las fundaciones partidarias, estos productos, para poder ir diseñando políticas de Estado a ser implementadas durante el próximo gobierno, sea quien fuere el presidente.

Creemos que cada tiempo histórico adopta los liderazgos que responden a los desafíos del momento. Estamos francamente convencidos de que afrontamos un “final de época”, una “vuelta de página”, un tiempo de cambio generacional y de consensos sociales. Pensamos que estamos frente a una gran oportunidad de trabajo en común para los argentinos, sobre la base del respeto real al otro, al diferente, con buena fe.
En nuestra opinión, los próximos tiempos no requieren liderazgos destructivos, sino por el contrario, constructivos. Menos prejuicios negativos; más búsqueda de soluciones concretas a problemas concretos. Eso nos diferencia de otras fuerzas, como también nos diferencia referenciamos más con el futuro que con el pasado. No creemos que estemos determinados al éxito o al fracaso por fuerzas ocultas o extrañas, mágicas, dominadoras, que vienen del pasado. Al contrario, pensamos y sentimos que cada uno de nosotros y todos en conjunto podemos diseñar un futuro mejor desde la voluntad, la claridad de objetivos y el establecimiento racional de premios y castigos, para que pase lo que queremos que pase y para evitar lo que todos consideramos malo.

Nos diferenciamos de otros en que vemos al mundo como una enorme oportunidad y no como una amenaza inmanejable. Esperamos contagiar al resto nuestro entusiasmo por la Argentina, basado en el descubrimiento de que nuestras aparentes debilidades son potenciales fortalezas. Nos falta infraestructura de energía, caminos, ferrocarriles y puertos: es una gran oportunidad de desarrollo y generación de empleo, en un mundo con abundante capital disponible. Tenemos un gran nudo en el conurbano, es verdad. Sin embargo, en un mundo en creciente urbanización, es una gran oportunidad contar con una ciudad de clase mundial, con 15 millones de habitantes en un pequeño territorio, colmado de educación, universidades, diversidad, cultura, creatividad, discusión enriquecedora e iniciativa, que crea el 50% del producto bruto nacional. También es una enorme oportunidad de generación de riqueza, un Norte grande unido a los puertos de aguas profundas del Pacífico y a las grandes poblaciones del sur del Brasil en el Atlántico; una zona centro con Santiago de Chile, Mendoza, Córdoba, Buenos Aires, Rosario y Montevideo; una Patagonia bioceánica con la mejor calidad de vida del planeta.

Es posible construir una nueva alternativa política positiva y optimista. Es posible construir, entre todos, con humildad, una gran Argentina para nuestros hijos.

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