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Opinión

La certeza del deber cumplido: Hice lo que la ley y la constitución dicen

Por Federico Ramón Puerta

Publicado en “Reflexiones Políticas III”. Diciembre de 2013

Cuando me preguntan por la crisis del 2001, tengo la certeza del deber cumplido. Certeza que, a medida que pasa el tiempo, se agiganta y consolida: hice lo que la Ley y la Constitución Nacional dicen.

En el rol institucional que desempeñaba, Presidente del Senado de la Nación, segundo lugar en la escala jerárquica pues no teníamos vicepresidente por la renuncia del licenciado Carlos “Chacho” Álvarez, logré que en las dos crisis de gobernabilidad -la primera, cuando renuncia el Dr. Fernando de La Rúa, y la segunda, cuando lo hace el Dr. Adolfo Rodríguez Saá- las instituciones funcionaran al ciento por ciento. Los mecanismos previstos por la Constitución Nacional y la Ley de acefalía se aplicaron en su plenitud a rajatabla.

Esto es en lo personal… lo más pequeño de la historia.

Lo más importante de la historia es, puedo decir con toda autoridad, que la Argentina supo salir de una situación difícil, dramática y compleja por el camino correcto. Funcionaron los partidos políticos. Funcionaron el parlamento y la economía en plazos que sorprendieron al mundo. Cuando Eduardo Duhalde le entrega el Gobierno a Néstor Kirchner, el 25 de mayo del 2003, la Argentina ya estaba en franco y claro crecimiento. Nuestros acreedores entendían, más allá del daño que nos habíamos ocasionado, que había culpas compartidas.

Siempre sostuve que la renuncia de un presidente constitucional, como lo era el doctor Fernando de la Rúa, era un hecho no deseado ni positivo. Creo, firmemente, que había varias opciones para que siguiera gobernando. Él propuso un gobierno de coalición. Nosotros, la oposición, no lo aceptamos pues creíamos que le hacíamos daño a una democracia tan endeudada por problemas fiscales tan evidentes. Si co-gobernábamos no quedaba claro quién era oficialismo y quién era oposición. Hubiera sido agravar la situación. Queríamos preservarnos como contralor del Gobierno como opositores, porque buscábamos a toda costa la continuidad del mismo y el juego libre de la democracia. En la oportunidad de ser elegido presidente del Senado le expresé al doctor De la Rúa, que garantizaríamos la gobernabilidad. Le dije: “Yo no me voy a quedar con lo ajeno. No me voy a quedar con su cargo”. Así, en el momento más crítico, le ofrecimos un camino: votar a libro cerrado el presupuesto en las dos cámaras controlando un solo tema: el giro de fondos a las provincias que era la génesis de la problemática. En lo fiscal, reinaba la desesperación en las provincias. En lo económico, el “corralito” impuesto por Domingo Cavallo, ministro de De la Rúa, significaba que millones de argentinos no pudieran tener sus recursos a pocos días de las fiestas de fin de año y del inicio de las vacaciones.

La crisis del 2001 fue la suma de múltiples variables. La renuncia de De la Rúa tuvo un componente anímico profundo. Es cierto que la realidad política estaba muy influenciada por el peronismo. Las intendencias del conurbano bonaerense eran peronistas así como la gobernación de la mayoría de las provincias y el Congreso Nacional. Pero también era cierto que el radicalismo le había quitado el apoyo a su gestión y, si queremos buscar culpables, el primero que renunció a sus obligaciones fue Chacho Álvarez.

En los tres días que fui Presidente de la Nación, días extenuantes, dramáticos e intensos, simultáneamente hice dos cosas: hablar con mis asesores jurídicos y legislativos, por un lado, y con las fuerzas de seguridad, por el otro. Respecto a lo primero, muchos, juristas incluidos, pensaban que al no estar el residente ni el vice, el residente del Senado completaba el mandato. Gran error. La Constitución Nacional y la Ley de acefalia vigente desde el año 1975 (que fuera usada por Italo Luder) dicen que este es el que debe asumir en la crisis, pero debe llamar, en el perentorio plazo de 48 horas, a la Asamblea Legislativa para que sea ella la que elija el presidente.

Respecto a la seguridad, debía garantizar el funcionamiento del Gobierno y poder surtir con el dinero correspondiente, los cajeros automáticos. Esto implicaba que los camiones de caudales llegaran a cumplir esa misión sin ser asaltados. Lo logramos. Luego la tranquilidad fue absoluta.
Fueron tres días. Uno, a cargo de la Presidencia y dos en ejercicio de la misma. Nombré ministros, firmamos decretos importantes, entre ellos los que garantizaban a los legisladores llegar al Parlamento. Ratifiqué al doctor Enrique Olivera en el Banco Central, y al doctor Alberto Rodríguez Giavarini, como Canciller. Mostramos al mundo que la crisis la resolvíamos institucionalmente. Fue por ello que no acepté, bajo ningún concepto, que la asamblea legislativa me eligiera como presidente. El mundo se hubiera confundido. Esto, además de mi promesa a De la Rúa.
A pesar de que era un claro opositor, también soy un férreo y obstinado institucionalista.

Así le puse la banda y le entregué el bastón a Adolfo Rodríguez Saá.

Cuando renuncia Adolfo Rodríguez Saá, nuevamente vamos a asamblea. Ya no podía ser candidato a presidente un candidato del Frente Federal. Había que buscarlo entre los gobernadores de las provincias grandes: Santa Fe, Córdoba o Pcia. de Buenos Aires. Entre los tres estaba la designación. Eduardo Duhalde tenía más representatividad que cualquier otro argentino por haber salido segundo, y por poca diferencia, en las elecciones presidenciales: 47 a 40. Solo siete puntos. Era el mejor candidato. No podíamos arriesgarnos a salir de la asamblea sin un presidente. Hubiera sido el caos pues la Argentina no prevé una segunda asamblea cuando no se lograra el objetivo en la primera. Cuando llamo a Eduardo Duhalde, no acepta. E insiste que sea yo. Le explico que no me dan los votos y que si él no aceptaba íbamos al caos. Duhalde me pide media hora y habla con Alfonsín. Si el radicalismo lo apoyaba aceptaba. Cuando me dice que sí, dejo a Caamaño que era un duhaldista claro, al mando de la Asamblea. Siempre estuve presente y de ello dan testimonio los medios gráficos, televisivos y otros protagonistas de ese momento histórico. No pensé en Ramón Puerta Presidente de la Nación ni en Ramón Puerta Presidente del Senado. Hice lo que la Constitución Nacional y la Ley de acefalía ordenan.

Luego, asume Eduardo Duhalde con todo el apoyo de radicales y peronistas.

Una breve reflexión: si la Argentina tuviera hoy un problema como lo tuvo en el 2001 tendría que afrontarlo con una gran debilidad institucional. No hay partidos políticos fuertes, no hay oficialismo ni oposición. Existimos opositores. Varios y dispersos. Me atrevo a decir que mientras hegemonice el kirschnerismo, no va a haber oposición pues para que la hubiera, los primeros que tendrían que entenderlo son ellos. El oficialismo es el que tiene que garantizar, al igual que la libertad de prensa y tantas, tantas otras cosas, el funcionamiento del poder democrático. El juego libre democrático.

De allí que es tan importante la elección legislativa de octubre pasado. En ella se jugó la gran oportunidad histórica de romper esa hegemonía no sólo en el Congreso sino en otros ámbitos del país, que nos permita a la mayoría de los argentinos, empezar a diseñar un nuevo y esperanzador rumbo.

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