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Opinión

Hora de un nuevo acuerdo

Por Jorge Triaca

Publicado en “Reflexiones Políticas III”. Diciembre de 2013

Gracias a la política hiper-presidencialista que se ha ido desarrollándose durante la cíclica historia argentina, el Parlamento y, en especial dentro de él, las oposiciones, han gozado de fama y suerte dispar.

Así, hemos podido observar que cada vez que un espacio político en el Poder Ejecutivo buscó convertir su gestión en un “gobierno ilimitado”, la ofensiva política parlamentaria y mediática se focalizó en que el Congreso “no servía”, o que la “oposición no era una opción de gobierno”.

Esta suerte de “oposición de la oposición” y la consecuente inversión del paradigma democrático que implica, no han sido gratis para la Argentina. En efecto, quien gana las elecciones ejecutivas, por el mayor peso y la disparidad de recursos con las que cuenta frente a cualquier legislador, no puede estar exigiendo cuentas a un parlamentario o a un grupo de ellos. Es al revés, quien gobierna debe rendir cuentas, puesto que el Congreso, la Justicia, los organismos de control, y la opinión pública son quienes limitan al Ejecutivo.

Además, la experiencia ha demostrado que la ausencia de límites genera consecuencias para la ciudadanía. Asimismo, enseña a quienes gobiernan y creen ser observados de cerca por la historia universal del hombre, que el poder que no se enmarca en un sistema limitado, termina por quebrar su relación con el pueblo.

La experiencia también nos ha revelado que, en momentos de crisis o transformación profunda en la Argentina, el Congreso argentino ha demostrado tener respuestas políticas para aportar soluciones a la Nación.

En 2003, asumió un gobierno con un porcentaje de votos propios muy débil, en un contexto signado por una crisis muy reciente. La autoridad presidencial había llegado a los límites mínimos de tolerancia popular, y recién había empezado a ser reconstruida por el Presidente elegido por la Asamblea Legislativa, Eduardo Duhalde.

El presidente Kirchner inauguró, de cierto modo, la lógica de ataque constante por razones de supervivencia. Diez años después, resulta evidente que esa forma de pensar ya no nos sirve como país. No sirve hoy y, sencillamente, no es útil para comenzar la construcción del futuro que nos merecemos y necesitamos.

Está claro que urge cambiar la lógica excluyente que nos ha venido rigiendo, que expulsa al que piensa diferente, por caminos alternativos donde la palabra “o” deje de dominar los discursos. “Blanco o negro”, “amigo o enemigo”, “ciudad o campo” deben ceder paso a la conjunción “y”. Unir términos en el discurso, unirnos en la práctica política, re-unirnos en la vida social.

Durante la campaña presidencial de 2011 vimos muy brevemente una Presidente que mencionaba el diálogo como algo virtuoso. Sin embargo, provenía de una tradición de enfrentamiento, y, apenas reelecta, la retomó. Acusaciones, enemigos, confabulaciones, léxico de milicia.

La característica principal de sus gobiernos ha sido esa: gana o pierde, ataca. Siempre ataca. La realidad comenzó a devolverle cada vez más fracasos, y ello no es casualidad. Es el resultado de esa lógica de enfrentamiento continuo, por el enfrentamiento mismo, sin razón.

Las acciones políticas influyen, moldean acaso la sociedad donde operan. Sirven de ejemplo, son observadas por el conjunto. “Quien siembra vientos, cosecha tempestades” decían en la generación de nuestros abuelos, y esto pareciera que hacerse realidad: vivir buscando problemas los produce.
Desde distintos sectores políticos le advertimos en reiteradas oportunidades al espacio oficialista que esto sucedería; que iban camino a convertirse en un problema autónomo, puesto que se divorciaban cada vez más de la realidad.

Los rostros de los nuevos excluidos han crecido: mujeres y niños víctimas de violencia y delito, crecientes masas de desempleados, adultos que no han alcanzado alfabetización digna, migrantes que no encuentran destino y no pueden regresar a su lugar de origen, puesto que el desarrollo local ha sido devastado, frenado, desalentado por el Estado Nacional. La cultura del permanente “él o yo” no soluciona estos problemas. Los crea y contribuye a agrandarlos.

La solución se encuentra en escuchar atentamente al otro, en alcanzar un nuevo acuerdo de convivencia política que recupere la normalidad para el país. Con distintos matices, con agendas diferentes tal vez, se abre paso la necesidad de ofrecer al ciudadano tranquilidad, en vez de miedo; soluciones dialogadas en vez de enfrentamientos; menos accidentes y mejores formas de viajar; premio para el que se esfuerza e incentivo para quien lo necesita; y ascenso social en base al mérito; y ayuda a quien está en estado de necesidad.

Es evidente que construir las condiciones políticas para la alternancia institucional requiere formas asociativas entre parlamentarios y partidos políticos que utilicen la imaginación, puesto que el reloj del futuro está corriendo. Hay miles de rostros mirando hacia la clase política y dirigente, con la súplica de que, esta vez, hagamos algo distinto para obtener resultados más duraderos en cuanto a la felicidad de nuestro pueblo.

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