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Opinión

Por un cambio cultural

Por Federico Pinedo

Publicado en “Reflexiones Políticas VI”. Diciembre de 2016

Cuando cayó la Cortina de Hierro muchos conjeturaron que ese era el triunfo definitivo de la democracia como sistema político y del capitalismo como sistema económico en la historia de la humanidad. Fukuyama habló del fin de la historia. Es curioso como los que son más idealistas que realistas, no consideran las experiencias de la historia y la condición humana. La visión realista o conservadora dirá que conocer la historia siempre nos enseñará a caminar por los inciertos caminos del futuro, porque al estudiarla aprenderemos cómo actúa y cómo reacciona el hombre frente a determinadas circunstancias. Pero lo cierto, para ir al grano, es que con el fin del comunismo soviético y luego chino, la historia no terminó. Y el reto para los argentinos, hoy como siempre, es entender para dónde va el mundo, de modo de insertarnos en él de la manera más conveniente para nuestro pueblo, especialmente el sector más postergado.

Creo que por fin ha terminado la hegemonía política de la generación de los setenta y el poder ahora depende casi por entero de personas que han nacido o vivido sus primeros años en democracia. No es menor. Ortega y Gasset decía, en su teoría de las generaciones, que los miembros de una misma generación, aún en polos ideológicos opuestos, tenían más en común entre ellos que con los del mismo polo ideológico de otra generación. Eso permite construir de manera diferente sobre las coincidencias. Tal vez sea por eso que el Gobierno del Presidente Macri, definido por los viejos como un casi seguro Gobierno “de derecha” o “neoliberal” (con la dificultad que tienen esas palabras, que más que definiciones se pretenden usar como descalificaciones), en realidad puede ser descripto por alguien, como el analista Eduardo Fidanza, como una especie de socialdemocracia que interpreta los códigos de la posmodernidad.

Es que Macri no tiene ningún interés en hacerle perder tiempo y energía a los argentinos en disputas ideológicas, cuando observa que nuestra Nación tiene tantas y tantas falencias y atrasos y vergüenzas que requieren ser superadas por cualquier persona de bien de cualquier ideología u origen religioso, intelectual o laboral. Por eso el presidente ha definido con absoluta certeza y compromiso como los objetivos estratégicos de su Gobierno, la derrota de la pobreza extrema, la generación de trabajo, la educación de calidad igualadora de oportunidades y la mayor productividad de la economía para poder generar mayores salarios.

Mientras los viejos siguen hablando de sistemas de producción casi muertos y adorando las chimeneas, la deshumanización gris y la polución creciente como único mecanismo de progreso social, el Presidente sabe que pronto la mayor parte de nuestro producto se deberá a los servicios y a la gestión de conocimiento y quiere preparar a los argentinos para eso. Por cierto que también sabe que se seguirán consumiendo alimentos y por eso quiere que la Argentina pase de ser un granero del mundo a convertirse en el supermercado del mundo; y sabe que no tenemos por qué ser menos buenos que otros en diseño y por eso tenemos oportunidades de crear industrias y de insertar a nuestra pequeñas y medianas empresas en las cadenas globales de valor; y sabe que el descanso y el entretenimiento tendrán una función formativa y por eso fomentará el turismo que genera millones de puestos de trabajo; y sabe que para aumentar la producción hacen falta energía e infraestructura a precios bajos y para eso promoverá la inversión más grande que se recuerde; y que se seguirán usando minerales y por eso quiere dar certezas para una minería sustentable y responsable. Pero el objetivo claro y absoluto es más trabajo y mayores salarios para salir de la pobreza y mejor educación para lo mismo y para que cada uno pueda desarrollar su potencial.

Entender al mundo nos ayudará en ese sentido. Pero tenemos que asumir todos, el mismo objetivo. En eso consisten las estrategias nacionales: en mover todas las energías tras el mismo objetivo. Ese es un cambio cultural. Es el cambio de dejar atrás las peleas por la historia del pasado, para reemplazarlas por la conquista de oportunidades en la futura historia.

Es el cambio de abandonar la confrontación sistemática y la desconfianza en los demás sectores o partidos, para mostrar buena fe en la búsqueda de una mayor colaboración. Es dejar la destrucción por la construcción. Es buscar socios entre los demás países, antes que enemigos. Es tomar de cada uno lo mejor que pueda darnos para poder dar lo mejor de nosotros para nuestro bienestar y para la igualdad de oportunidades para todos. Es abandonar el atajo de la violación sistemática de la ley y la corrupción, por la apuesta a lo que un estado de derecho, una cancha de juego igual de plana para todos, nos puede dar al premiar nuestro esfuerzo, nuestro optimismo, nuestra vitalidad, nuestra imaginación, nuestra creatividad. El cambio es cultural.

La Argentina tiene una increíble oportunidad de cimentar los pilares de una política igualitaria pero republicana, sin poderes absolutos de nadie, con jueces de la ley y legisladores de la Constitución. Tenemos la posibilidad de consolidar una economía productiva, con una moneda estable, con impuestos en baja y dentro de nuestras posibilidades reales, sin dejar hipotecas a futuro e incentivando la iniciativa de cada persona.

Partimos de un acuerdo social amplio en cuanto a la necesidad de velar entre todos por la dignidad de cada uno. Partimos de un sistema de asignaciones universales para los chicos y los mayores. Fortalezcamos a los trabajadores para que se den a sí mismos y le den a nuestra patria el gran futuro que está al alcance de su esfuerzo, de su visión y de su mano.

Pongamos las fichas una vez en el cambio cultural. Tengamos confianza en nosotros mismos. Lo podemos hacer.

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