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Opinión

Desafios de los partidos politicos del Siglo XXI

Por Humberto Schiavoni

Publicado en “Reflexiones Políticas VI”. Diciembre de 2016

Los partidos políticos están siendo interpelados en todo el mundo por un impulso “antisistema” que provoca sorpresas electorales en todo el planeta.

¿Son los partidos hoy los verdaderos mediadores electorales? No se trata de un interrogante particular para un país o de un fenómeno especialmente novedoso. Sí es relativamente reciente, en cambio, el surgimiento de estructuras alternativas a los partidos políticos, como organizaciones sociales, núcleos que aparecen en torno de consignas difundidas por las redes sociales o fuerzas que desafían a las estructuras tradicionales.

Repasemos brevemente la historia argentina de los últimos años. El vacío de representación hizo eclosión en 2001, pero venía incubándose con mucha anterioridad. Había quedado atrás ya la habitualidad de votar por lealtad partidaria. Los grados de identificación entre los grupos sociales y los partidos políticos venían declinando de manera sostenida.

En la Argentina las personas que se ven reflejadas en un partido político no alcanzan hoy al 20% de la población mientras que en los albores de la recuperación democrática esta cifra era del 70%.

Las causas que explican este fenómeno son múltiples. Clásicamente se atribuía el condicionamiento del voto a la pertenencia a una determinada clase social y a los partidos que la representaban. También influían las tradiciones familiares o el seguimiento a liderazgos sociales de carácter local, como sacerdotes o maestros. Pero las sociedades cambiaron aceleradamente en las últimas décadas. La dinámica laboral provocó ascensos y descensos en los estratos sociales y el mayor acceso a la información y al conocimiento rompieron antiguos lazos de dependencia. Las sociedades se actualizaron de una manera más vertiginosa que los partidos.

Pero el telón de fondo de la crisis de los partidos ha sido el fracaso de las políticas públicas para atender y resolver los problemas concretos de la gente. En el caso de la Argentina esto fue claro y se tradujo en el clamor popular de “que se vayan todos” a lo largo y ancho del país y en cada plaza donde se congregaron multitudes. La impotencia de la clase política para encauzar una situación de crisis económica, social y política extendió el repudio popular al conjunto del sistema.

Por otra parte se instaló un modus operandi de uso y abuso de las estructuras estatales como medio para la acción política. Se produjo una suerte de partidismo patrimonial, que naturalizó la utilización de los recursos del Estado para financiar a los dirigentes políticos a través de cargos y proveer bienes públicos para la acción clientelar. En el mismo sentido se produjeron serios desvíos en la administración de los recursos, que comenzó a asociar de manera creciente a buena parte de la clase política con la corrupción.

Este fenómeno ha sido desarrollado por Peter Mair, quien señala que “El Estado, invadido por los partidos, y cuyas reglas son determinadas por los partidos, deviene una fuente de recursos a través de los cuales esos partidos no solo aseguran su supervivencia sino que también refuerzan su capacidad de resistir nuevas alternativas”. Este autor advierte el surgimiento de una nueva forma de organización partidaria a la que califica de “partidos cartel”, cuyo desarrollo requiere de la participación de aparentes competidores.

El común denominador, entonces, fue un creciente aislamiento y burocratización por parte de estas estructuras. Los partidos se encerraron y sus dirigencias clausuraron el acceso a la participación. La agenda de los partidos pasó a ser la de los dirigentes, con independencia de las preocupaciones o intereses de los ciudadanos.

Sin identificación con los problemas reales y sin posibilidad de debates internos, ¿cuáles serían los estímulos para participar en un partido político?

La revolución tecnológica alteró profundamente los formatos de comunicación en la sociedad y también los esquemas de organización política y social. Movimientos políticos y hasta caídas de gobiernos han sido orquestados desde las redes sociales. Estos cambios revitalizaron a la vez la vocación de protagonismo de grupos e individuos, que se resisten a asumirse como sujetos pasivos de un mensaje o una idea y van en busca de relaciones simétricas que les permitan hacer aportes enriquecedores a un conjunto al que se acercan por afinidad.

Los políticos han sido remisos o incapaces de registrar a tiempo estos cambios. Limitar la atención a los electores sólo a los períodos de campañas electorales contribuyó a acentuar la desconfianza de la gente y a afianzar su convicción de que es utilizada sólo para que alguien llegue al poder.

Estar cerca de la gente, de sus problemas, escuchar y no sólo declamar debe ser parte de una necesaria renovación. El líder partidario debe ser un líder cercano y no sólo una letanía que pontifica por televisión.

Sintonizar con las demandas de la sociedad es clave, pero también lo es el modo de hacerlo. Imponer en los procesos electorales candidatos que son percibidos como custodios del statu quo y no como líderes cercanos con capacidad resolutiva no ayudará a renovar la empatía entre los partidos y la gente.

Los partidos deben prestar permanente atención a escenarios cambiantes. Su comunicación no puede ser analógica en tiempos digitales o unilateral en períodos de fragmentación. Su agenda debe incluir los asuntos que realmente movilizan a los grupos sociales y a distintas generaciones. Pero también deben anticipar los debates: el liderazgo requiere estar siempre un paso adelante y no correr desde atrás. La formación de dirigentes, un capítulo fundamental en los partidos, debe adaptarse y abordar nuevas temáticas que permitan incorporar los cambios.

Un partido del Siglo XXI está llamado a crear condiciones de cooperación y trabajo asociado, lejos de las formas radiales o anquilosadas de conducción. Hoy la información no es patrimonio de nadie, está al alcance de todos. Interpretar tendencias, trazar escenarios y establecer mecanismos idóneos de vinculación con la sociedad son imperativos para la recuperación de la credibilidad.

El ejercicio del poder es otro desafío enorme para los partidos políticos. Los principios del Open Government, que facilitan el control y la transparencia de los actos de gobierno y estimulan la participación, ayudarán a afianzar el vínculo con la sociedad.

Pero la actualización sólo será cosmética si no se pone el acento en las cuestiones de fondo: proponer, debatir y ejecutar políticas que expresen las demandas de desarrollo político, económico y social y que encarnen los valores aceptados como propios por una sociedad.

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