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Opinión

Municipios del siglo XXI

Por Lucas Delfino

Publicado en “Reflexiones Políticas VI”. Diciembre de 2016

Hasta hace muy poco tiempo, cada vez que se hacía referencia a recuperar el Estado pensábamos en niveles de gasto, eficiencia o áreas de incumbencia. Pareciera que entre otras cosas, la crisis denuncia que el Estado, tal cual lo conocemos, deberá transformarse porque, tal cual lo conocemos, resulta impotente.

Un Estado impotente es un no-Estado, justamente porque la razón de ser de la construcción estatal es la capacidad -“Imperium”- de incidencia social, basada tanto en la legitimidad simbólica como en la capacidad material.

Nuestro Estado ha vivido ciclos de auge y decadencia, asociados al comportamiento económico del país. Hemos profesionalizado y desprofesionalizado la función pública y hoy, lamentablemente, no es una referencia social de calidad.

Estos vaivenes golpearon a todas las aéreas del Estado así como a todos sus niveles. Los municipios, último nivel de la triada (Nación, Provincia y Municipios), desde la vuelta a la democracia fueron sacudidos por diversos procesos de centralismo, descentralización, recentralización. Además, por sus escasos recursos propios los gobiernos locales fueron quedando presos de lógicas de premio y castigo según afinidades partidarias, y en la mayoría de los casos sus funciones se redujeron al mero pago de sueldos.

Las condiciones antes descritas, marcadas por fuertes condiciones de inestabilidad política y económica así como por reglas del juego poco claras, atentaron contra la autonomía, la trasparencia, la participación ciudadana y la eficiencia.

En este sentido, los distintos contextos sociopolíticos que fuimos atravesando como Nación no contribuyeron a la apuesta en marcha de planes con visión a futuro, y contribuyeron a la construcción de un Estado desprovisto de los niveles de calidad esperables, viviendo un eterno presente.
Muchas veces, ensimismados creemos que esos problemas son excluyentemente argentinos, pero lo cierto es que el mundo vive un enorme proceso de reconfiguración estatal (en el que se combinan desde Estados fallidos, descentralizaciones y recentralizaciones violentas; hasta ensayos relevantes de rediseño institucional).

Hace unos años, el mundo siguió con tensión la posibilidad de un default norteamericano (dos veces bajo la gestión Clinton y una bajo la gestión Obama). No se llegó a eso solo por una circunstancia fiscal, sino que se conjugó un factor de tipo institucional que fue poco destacado: ¿Son los mecanismos previstos en el Siglo XVIII adecuados para un sistema político que convive con mercados on line?

¿Es razonable que mientras se opera con transacciones electrónicas, el Estado que es controlante lo haga bajo un reglamento concebido en los albores de la era industrial?

Al otro lado del Atlántico, el ajuste del gasto público ha colocado en la agenda la posibilidad de eliminar niveles de gobierno completos, y nuevamente, cabría preguntarse si las estructuras públicas resultarán inalterables a la tecnología. Pareciera que organizar el Estado ignorando la existencia de Internet (o solo incorporándolo como facilitador) es un poco ridículo.

Es evidente la falta de innovaciones institucionales (no solo a escala global), que nos permitan intervenir de un modo adecuado en un mundo que ha cambiado. El resultado es una sensación de ingobernabilidad severa. Por detrás de este proceso se encuentra la reconfiguración económica global y la carencia de un modelo de organización público superador del agotado modelo actual.

Nuestros Estados Nacionales han sido el correlato territorial del industrialismo, de la defensa de las burguesías nacionales y de la construcción de identidades basadas en la búsqueda (a veces sin sentido claro) de diferenciación. En principio pareciera que, sin renunciar al legado, debemos construir un modelo de organización pública sobre otras bases.

Una nueva economía es disfuncionalmente regulada por un Estado que no la comprende. Se hace necesario concebir un poder público que permita generar instrumentos de intervención que den cuenta del entorno en el que operan.

La nueva estatidad emergente no solo deberá ser crecientemente global para poder ser efectiva, sino como contrapartida también profundamente local.

Abandonar este doble registro, es ignorar que es en el espacio local donde se generan tanto las condiciones de materialización de los cambios socioeconómicos, sino también las resistencias políticas.

Es necesario que emerjan mejores instituciones globales y también locales, pero no se trata exclusivamente de una cuestión de escala, están en juego los criterios de racionalidad, la transparencia, el modo de conciliar intereses transterritoriales en temas de interés universal, y sobre todo, la comprensión del cambio de escenario en el que dichas instituciones deberán operar.

Los gobiernos locales del mundo emergente son espacios protagónicos de construcción de sentido, por tanto esenciales en la generación de gobernabilidad, en la construcción de un nuevo modelo relacional, verdaderos nodos tecno-políticos.

Los municipios son el primer ladrillo de la democracia, el primer eslabón de la cadena y quienes tienen la enorme responsabilidad de administrarlos son los que mejor conocen las necesidades de los vecinos y sus problemáticas. Allí radica su importancia y su potencialidad.

Con la certeza de que son las ciudades las generadoras del desarrollo de una Nación, donde está la clave para eliminar la pobreza, aumentar la prosperidad de sus habitantes, y generar un cambio genuino, desde abajo hacia arriba, apostamos a devolverles a los municipios la importancia gubernamental. Dicha importancia no solamente radica en la injerencia de los servicios que pueda prestar a la comunidad, sino también en dar de vuelta al ciudadano la importancia de participar, de estar dentro, de ser parte.

Recuperar el Estado no es simplemente una operación en favor de las cuentas públicas, sino un modo de devolverle la legitimidad: la proximidad y el uso de soportes relacionales adecuados no solo son una demanda cívica, sino que son una exigencia de adecuación estatal al mundo actual.

Gobiernos locales funcionales, sensibles y transformadores son el motor del cambio de la Argentina que estamos construyendo.

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