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Opinión

Camino a la inclusión (real)

Por Maximiliano Sahonero

Publicado en “Reflexiones Políticas V”. Diciembre de 2015

Argentina es un país con bastantes cualidades, y durante mucho tiempo fue entendida como una tierra de oportunidades, no solo por nosotros, sino también para migrantes de cualquier parte del mundo que buscaran una vida mejor.

La posibilidad de progresar, la ambición de construir algo propio y trabajar hacia un horizonte de prosperidad fueron consignas que los habitantes de este territorio comparten desde hace ya 200 años. Algo en nuestra historia nos determina a seguir ese camino.

Pero toda esa fuerza, ese espíritu pujante, no siempre estuvo bien canalizado. Si bien la respuesta es multicausal, porque muchos factores culturales, históricos y sociales han contribuido tanto a su avance como a su retroceso, el rol del Estado en esta cuestión es, sin lugar a dudas, determinante.

Hoy, existen varios indicadores que dan cuenta de que una parte de la sociedad se encuentra marginada, ya sea por el lugar donde vive,  por no poder acceder a un empleo formal, a un servicio de salud digno, o a una educación pública de calidad. Y las políticas destinadas a solucionar estos problemas han fallado en su cometido en casi la totalidad de los casos, logrando resultados parciales o momentáneos, pero manteniendo los problemas de fondo.

Las sucesivas crisis, la falta de sensibilidad frente a problemas cotidianos, y la poca alternancia en los signos políticos de los gobernantes han afectado las posibles perspectivas con las que el Estado aborda el problema de la pobreza.

La pobreza es una condición que se manifiesta en diferentes aspectos. Fue el error más común de los últimos años tratar de aproximarse a una solución solamente a través de lo material, sin importar las razones que llevaron a esa persona a estar relegada en al menos un aspecto básico de su vida.

Entender la pobreza no es una cuestión de dinero, clase social, u origen. Se trata de algo humano, mucho más básico, porque las carencias que sufre una persona marginada por ser pobre van más allá de no tener una casa de material o llegar a fin de mes. No se trata de tener un plato de comida, sino de tener un motivo, una idea fuerza que lleve a la persona a realizarse como tal.

Los últimos 12 años de gobierno kirchnerista han hecho de la pobreza un culto, y de las políticas destinadas a solucionarla, un regalo casi divino al que todos los beneficiarios deben adorar por la gracia de quién se los otorgó, y aferrarse a regañadientes sí alguien siquiera sugiere modificarlo (aún sí fuera para mejorarlo).

Hoy en día existen alrededor de 100 programas de asistencia social, pertenecientes a todos los niveles (Nacional, Provincial y Municipal) destinados a solucionar problemas como la desnutrición, la deserción escolar, el abuso de drogas, el desempleo, etc. Con miles de millones de pesos asignados a esos programas, sólo se ha logrado poner parches, y no soluciones efectivas.

Hay que entender que los problemas de los jóvenes en Argentina son más que un tema de dinero, y que la verdadera inclusión se hace desde la infancia, con una atención medica digna, una alimentación apropiada, y una educación que se adapte al tiempo en que vivimos. Ese es el piso a partir del cual debiéramos exigirle a cualquier gobierno.

Es nuestra responsabilidad hacer de este momento un punto de inflexión histórico, y eso se hace comenzando por reconocer los problemas y afrontarlos, porque esconderlos sólo los hace más grandes y profundos. Tenemos que alejarnos de la confrontación y empezar a construir una nueva realidad en conjunto.

El futuro gobierno de Mauricio Macri promete cambiar la perspectiva y el estilo de la gestión que hoy tenemos, porque los antecedentes así lo demuestran. Invirtiendo en Educación pública, en cuidar y estimular a los chicos desde que nacen hasta que buscan su primer empleo.

En ese camino que los jóvenes recorren, el Estado debe estar presente para facilitar la cotidianeidad, no complicarla. Tampoco necesitan la condescendencia de un mayor, o que los traten con cuidado por ser pobres. Necesitan un país que realmente les garantice la igualdad de oportunidades para progresar.

Nuestro desafío último es que todos los jóvenes del país tengan el mismo punto de partida y las mismas oportunidades de desarrollarse, sin importar donde les haya tocado nacer. Hoy eso luce como algo sumamente lejano, sobre todo cuando existen decenas de barrios marginales donde todo se hace un poco más difícil.

Una política clave en este sentido es la Urbanización de lo comúnmente conocido como “villas”. Y quizás en un primer momento parezca fácil entender el concepto de urbanización, pero no todos comprenden la dimensión que abarca. Urbanizar un barrio es más que instalar asfalto, cloacas y luminaria. Es mucho más que entregar una escritura. Urbanizar un barrio es incluir a los vecinos en su propio futuro.

Los barrios no los construyen los gobiernos, los construyen sus habitantes. Cuando se urbaniza un barrio, éste ya existía, con sus historias, sus vecinos, sus lugares. Ya tiene una identidad. La urbanización tan sólo integra a este barrio a un tejido urbano, para que sus habitantes tengan los mismos derechos y oportunidades que el resto.

Debemos vencer muchas barreras, no sólo políticas sino también personales. Luego de tantos años de confrontación se ha generado un resentimiento o recelo basado enteramente en prejuicios. Pero no son sólo más que eso, opiniones formadas a partir de algo que desconocemos. El verdadero poder está en superar esas barreras y ser capaz de ver al otro como un igual.

Puede sonar raro, pero nacer en Barrio Norte o nacer en Villa Lugano, en algunas cosas, no es tan distinto. Las inquietudes, miedos y sueños son patrimonio de todos los jóvenes, sin importar donde hayan nacido, estudiado o trabajado.

Es una obligación promover la integración como una invitación de la sociedad y el Estado hacia todos los jóvenes. Que todos puedan tener los mismos derechos y obligaciones, educación y salud de calidad. Eso es hacer un cambio cultural. Darle las herramientas para que encuentre un motivo, una idea, una fuerza que lo lleve a levantarse temprano y salir a buscar aquello que lo haga feliz.

Para aquellos que vivimos o venimos de un barrio marginal, se trata de cambios culturales muy profundos. Recibir la escritura de tu propia casa es más que recibir un simple papel. Es que tu hogar sea efectivamente tuyo. Se trata de entrar en una clase social distinta y, sobretodo, te otorga la confianza para seguir creciendo porque cada ladrillo que sumes, va a ser sobre algo seguro y concreto.

Algo que a primera vista parecería insignificante o accesorio, como tener en el DNI un domicilio con la misma notación que se usa en el resto de la ciudad donde se vive, representa nunca más pasar por la situación de tener que explicar cómo se lee esa dirección y ser víctima de la discriminación sólo por vivir en determinado barrio.

Se necesitan generar oportunidades y eliminar los obstáculos de los lugares donde vivimos. Nuestras ciudades deben estar a la altura de nuestras ambiciones. Sólo con el compromiso y la determinación para lograrlo es que vamos a construir las ciudades del futuro.

Una ciudad del futuro es aquella en la que se trabaja mirando al porvenir con la idea de una transformación estructural, pero siempre pensando en el bienestar social. Lo que hoy entendemos como futuro debería definirse como innovación con inclusión social. Debemos perder el miedo a lo nuevo, y dejar de aferrarse a aquello que no funciona.

El camino a la inclusión real pasa por lo cotidiano, lo próximo. No necesita de discursos o relatos de realidades que a gran parte de la población le resultan ajenas. Necesitamos volver a creer, a crecer juntos. Tenemos que aprender que nuestros derechos nos pertenecen a nosotros y no al Gobierno que los reconozca. Argentina tiene que ser un verdadero país de oportunidades en el que todos puedan progresar, sin importar de donde vengas o hacia adonde quieras ir.

En un mundo cada vez más globalizado, tengo la certeza, de que vamos a dejar de ver las diferencias para aprender más del otro y sentirnos todos más hermanos. Juntos vamos a volver a unir a todos los argentinos porque lo que importa son las ganas de mejorar la realidad en la que vivimos.

Espero que a partir del 10 de diciembre de 2015 sea el primer día de una nueva Argentina, donde todos nuestros sueños, sin importar quiénes seamos, de dónde venimos o qué pensamos, puedan hacerse realidad.

 

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