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Opinión

Recuperar el valor de la palabra

Por Nicolás Mattiauda

Publicado en “Reflexiones Políticas V”. Diciembre de 2015

“La palabra es el hombre mismo. Sin ellas, es inasible. El hombre es un ser de palabras.” Octavio Paz

Más allá de las ideologías y de las cosmovisiones, los que formamos parte de la “nueva generación política” –no porque seamos un cuerpo homogéneo sino por el imperio fáctico de la realidad y del momento histórico- tenemos una tarea esencial y definitiva por delante: recuperar el valor de la palabra en la Argentina.

Cuando nuestros abuelos decían “le doy mi palabra” era casi lo mismo que firmar un contrato, especialmente en algunos ambientes, como el agropecuario (del cual provengo como productor). Lo que se decía, lo que se afirmaba, era lo que se hacía, inexorablemente. Y nadie dudaba de ello.

Hoy el valor de la palabra se ha degradado, sumiéndonos en la anomia, en la desesperanza y en la división, y poniendo en tela de juicio la legitimidad del accionar político que, por definición, debe ser un instrumento para la búsqueda del bien común de la sociedad.

Somos nuestras palabras

La palabra es lo que nos sitúa en el mundo, lo que nos define como personas ante nosotros mismos y ante los demás. Vivimos “en el lenguaje”, como sostienen muchos autores o, como decía Heiddeger, “el lenguaje es la morada del ser”.

La palabra y el lenguaje es lo que hace de los seres humanos el tipo particular de seres que somos. El lenguaje no sólo nos permite hablar “sobre” las cosas: hace que pasen cosas.

La realidad, tal como la percibimos, se crea al nombrarla, somos la expresión de nuestro lenguaje. Actuamos a través del lenguaje y al hacerlo transformamos nuestras identidades y el mundo en el que vivimos, transformamos lo que es posible y construimos futuros diferentes.

La palabra significa, la palabra crea, la palabra da vida. Pero la palabra también divide, la palabra ofende, la palabra mata (“Y se le ha dado al hombre el más peligroso de los bienes, el lenguaje… para que muestre lo que es…”).

El valor de la palabra, entonces, es lo que tenemos que recuperar en la política argentina (en toda la sociedad, comenzando por la política como espejo social), uno de los valores esenciales que fue perdiendo vigencia en los últimos años y que explica en gran parte lo que muchos medios de comunicación han denominado “la grieta”.

Porque lenguaje nunca es inocente, especialmente en política. Muchos autores se refirieron al tema, como el español Ángel Rivero Rodríguez: “…política y lenguaje”, sostiene, “están en profunda relación. De hecho, la congruencia de nuestro vocabulario político con la descripción de nuestras instituciones proporciona legitimidad, el combustible necesario para el funcionamiento del sistema político”, o Giovanni Sartori  en su libro “Teoría de la Democracia”: “Aunque la discusión no verse sobre las palabras, se desarrolla por medio de palabras.  Las palabras son inseparables de lo que se discute. Si las ideas tienen consecuencias, también deben tenerlas las palabras, pues la idea es la mano cuyo guante es la palabra. Una idea determinada se transmite a través de una palabra determinada. Y el denominar a una cosa de cierto modo es lo mismo que sugerir cómo interpretar esa cosa. Las palabras no son sólo anteojeras que nos conduzcan a ver esto y no lo otros, a mirar aquí y no allá; las palabras conforman también el pensamiento”.

La comunicación como construcción

La comunicación, como se sabe, es un fenómeno social. Desde las primeras comunidades humanas la palabra fue el medio excluyente para interactuar en grupo y así resolver los retos que desde siempre se han planteado para la supervivencia y el bienestar de los grupos sociales.

Y hoy en nuestro país tenemos la gran oportunidad de recuperar el valor de la palabra, demostrando que no hay nada que confiera más dignidad a una persona que la honestidad.

Y no se trata de decir siempre que “sí”. El primer paso hacia la honestidad es también aprender a decir “no”. Un “no” sensato, a tiempo, racional, fundamentado, será mucho más valorado que un “sí” incumplido, un “sí” que traiciona y abandona el poder de la palabra empeñada porque, como proclama la letra de la canción de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, “Violencia es mentir”.

En definitiva, debemos ser honestos con nuestras propias palabras, porque así lo seremos con los demás. Y para ser honestos también debemos poner en práctica otras dos virtudes que son bastante escasas por estas épocas: la humildad y la modestia. No debemos avergonzarnos por decir “no entiendo”, “no lo conozco”, “no lo sabía”. No debemos temer a pedir perdón cuando nos equivocamos.

Conectar a partir de la palabra

En esta nueva etapa, nuestra principal función para gestionar correctamente y en forma honesta, será la de “conectar” nuevamente a los argentinos a partir de una palabra honesta. Debemos propiciar, desde la palabra misma, el encuentro de todos los argentinos.

Y como la realidad es compleja, porque se produce desde la existencia de intereses diversos, lo mejor que podemos hacer será propiciar desde la palabra empeñada el camino para la convergencia –de donde nace la palabra “conversación”- de los intereses en juego, de tal manera que se produzca una nueva situación de equilibrio social y armonía, de entendimiento. Converger significa “dirigirse dos o más líneas a unirse en un punto”. Las conversaciones son, entonces, los actos por los cuales las personas pueden llegar a unirse en un punto.

No es un tema menor: la falta de cumplimiento de las promesas (“palabras”) del sistema político argentino en los últimos años ha motivado una serie de complicaciones que nos alejan de la búsqueda del bien común:

- Falta de confianza (la confianza se tiene o no se tiene. No se puede sentir “un poco” de confianza).
- Pérdida de credibilidad en las instituciones del Estado.
- Pérdida de credibilidad en el sistema político y en los partidos políticos.
- Reducción de inversiones en los negocios y pérdidas económicas
- Aumento de la burocracia (buscando subsanar con “papeles” la falta de credibilidad).
- Problemas para la puesta en marcha de trabajos en equipos.
- Debilitamiento de las relaciones interpersonales y entre grupos de interés.
- Sensación permanente de estrés, paranoia, desconfianza en el otro.

Claro que no será una tarea sencilla después de tantos años de deterioro y de traición de la palabra empeñada ya que si bien el discurso político se degeneró en casi todo el mundo parece que en nuestro país logramos una alarmante acumulación de mentiras, hechas y derechas o solapadas, pomposas o subrepticias, pero mentiras al fin. 

Por eso debemos comenzar con esta difícil tarea cada uno de nosotros, desde el lugar que nos toque ocupar, siendo honestos con nuestras propias palabras, con nosotros mismos y, por ende, con la sociedad, que está esperando –con una entendible desconfianza- que la palabra honesta, provenga “de arriba”, de sus representantes, para que luego se derrame sobre todas las actividades y las relaciones que en definitiva conforman lo que definimos como “la patria”.

El viejo dicho que sostiene que “el infierno está lleno de buenas intenciones” es cierto. No hay palabras inocentes.

Tenemos la difícil misión de reeducarnos en el valor de la palabra y reeducar de esa forma a la sociedad. Debemos ser conscientes de las cosas que decimos, de las cosas que prometemos, y hasta dónde seremos capaces de cumplir para honrar nuestra palabra. Debemos combatir la impunidad de las promesas incumplidas y generar nuevas instancias de confianza.

Toda sociedad necesita personas confiables para desarrollarse en paz.

Una última reflexión: como sostiene Luis Gregorich , “La traición a la palabra dada es la madre de todas las traiciones”. “’Te doy mi palabra’. No hay en la lengua española (ni, seguro, en muchas otras) una expresión más bella, austera y rica simbólicamente para afirmar un compromiso, de persona a persona”.

Hoy la historia nos otorga una nueva oportunidad para decir con humildad y honestidad “le doy mi palabra” al otro. Porque -trabajaremos día a día para ello-, “lo prometido es deuda”.

 

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